Dicen que el alma sabe cuándo es el final, aunque el cuerpo se aferre al aire como si fuera promesa.
Yo no estaba allí cuando el tiempo decidió cerrarle los ojos a mi madre.
No escuché el suspiro que se escapó entre sus labios dormidos, ni la tibieza que se desvaneció de sus manos.
Pero a veces, en el silencio que sigue a los días más largos, la escucho…
como si el mundo entero contuviera la respiración para dejarme hablarle una última vez.
“Madre…” —le diría—
“No sé si me escuchas desde donde estás,
si el eco de mis culpas te alcanza,
si mis ausencias pesaron más que mis abrazos.
Pero quiero que sepas que todo lo bueno en mí nació de tus ojos,
de esa manera en que mirabas el mundo como si incluso el dolor tuviera una razón sagrada.”
Quisiera decirle que nunca dejé de pensar en ella,
que el amor no se disuelve con la distancia ni con los años,
que hay algo de su voz en cada palabra que pronuncio,
algo de su ternura en la forma en que miro a mi hija,
algo de su fuerza en la manera en que sigo respirando.
“Perdóname por no haber estado, mamá.
Por no sostener tu mano cuando el mundo se te iba apagando.
Pero juro que te hablé, aun sin verte,
y que te sigo hablando ahora,
porque hay conversaciones que no necesitan cuerpos,
solo amor… y la eternidad.”
Y entonces la imagino sonriendo,
como cuando yo era niño y me caía,
y su mirada me levantaba antes que sus manos.
Tal vez ese fue su último gesto,
un perdón silencioso,
una caricia invisible.
Y desde entonces, cada vez que miro al cielo,
siento que aún me escucha,
como si la muerte fuera solo un idioma nuevo
en el que seguimos diciéndonos “te amo”.
