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miércoles, 22 de abril de 2026

Sin nombre

No tengo nombre.
O bueno… nadie me lo dio nunca.
Soy de la calle. De esos que aprenden desde pequeños que la comida no se comparte, que el frío no se quita y que la mano del humano… casi siempre viene acompañada de dolor.
De cachorro entendí rápido cómo funciona el mundo. Unos niños me levantaron una vez, pensé que era juego… hasta que me soltaron en medio de la calle. Aprendí a correr. A esconderme. A no confiar.
Crecí entre golpes, piedras, gritos… y silencios largos donde el hambre duele más que cualquier herida.
Mis días eran iguales. Caminar. Buscar algo que comer. Evitar problemas. Y al final, sentarme en una banqueta a ver pasar el tiempo, como si no fuera mío.
Hasta que apareció él.
Era igual que yo. Flaco, sucio, con una cicatriz vieja en el ojo. No se acercó de golpe. Solo se sentó a unos metros, como respetando ese espacio que los de la calle aprendemos a cuidar.
Pasaron días así.
Un pedazo de comida cayó cerca de mí una tarde. Dudé. Lo miré. Él no se movió. Me acerqué, lo tomé… y dejé la mitad.
No sé por qué.
Tal vez porque por primera vez, no quería comer solo.
Desde ese día ya no caminaba solo.
Dormíamos cerca. Nos cuidábamos sin decir nada. Si uno encontraba comida, el otro esperaba. Si venía peligro, corríamos juntos.
No era felicidad… pero se parecía.
Y eso, para alguien como yo, era demasiado.
Un día empezó a llover fuerte.
Buscamos refugio bajo un coche viejo. El agua caía con fuerza, el frío calaba. Yo temblaba. Él se acercó un poco más, lo suficiente para que el calor se compartiera.
Esa noche no tuve miedo.
Pensé que tal vez… así se sentía tener algo.
Pero la calle no perdona que te encariñes.
A la mañana siguiente, el cielo seguía gris. Salimos a buscar comida. Caminábamos despacio, como siempre.
Hasta que escuchamos un ruido.
Fuerte. Seco.
No fue un coche. No fue un grito.
Fue una explosión.
Alguien, jugando, dejó un petardo encendido dentro de una bolsa de basura.
Él se acercó primero, buscando comida.
No tuvo tiempo.
El sonido lo rompió todo. El aire, el silencio… y a él.
Yo me quedé inmóvil. No entendía. No podía.
Cuando me acerqué… ya no respiraba.
No había sangre como en los atropellos. No hubo despedida. Solo un vacío inmediato… como si alguien hubiera apagado algo que apenas estaba empezando.
Me senté a su lado.
Horas.
Tal vez más.
La lluvia volvió a caer, pero no me moví.
Por primera vez en toda mi vida… el hambre no importaba.
Los días siguientes volví a caminar solo.
Todo era igual… pero más pesado.
El mismo frío. Las mismas calles. La misma gente que no ve.
Pero algo había cambiado.
Ya no compartía comida… pero dejaba un pedazo en el suelo.
Ya no dormía tranquilo… pero buscaba el mismo lugar bajo el coche.
Y cada tarde, me sentaba a ver pasar el tiempo… esperando, aunque sabía que no iba a volver.
Fue entonces cuando entendí algo.
Los de la calle aprendemos a sobrevivir solos.
Pero cuando alguien camina a tu lado, aunque sea por poco tiempo… deja algo que el hambre, el frío y los golpes no pueden quitar.
Porque la amistad no es cuánto dura.
Es cómo, incluso después de que se va… te enseña a no volver a estar completamente solo.

sábado, 14 de marzo de 2026

ufff

Me duele no poder correr como antes. Me pesa pensar que quizá algún día tenga que volver a una cama de hospital. Me entristece escuchar que las prótesis que suelen manejarse no siempre son de la mejor calidad.
Y aunque intento mantener una actitud positiva, hay momentos en los que el pensamiento de volver a estar inmóvil, dependiendo del tiempo y de la recuperación, me desgarra el alma.
Aun así sigo aquí. Aprendiendo a caminar distinto, a vivir distinto, y a entender que la fortaleza no siempre está en no caerse… sino en levantarse cada día con la voluntad de seguir adelante, incluso cuando el futuro da miedo.

martes, 3 de febrero de 2026

Sigo aquí

¿Crees que deseo borrarte de mi eternidad?
¿Imaginas que un alma puede desmentir su propia llama?
Lo que fuimos no es recuerdo: es aliento. Aunque te retires paso a paso, como el sol al caer,
sigues morando en mí:
en mi sangre que sueña,
en mis ojos que aún ven con tu luz, en cada forma que adopta mi ser. Porque lo que ha sido tocado por la vida no conoce el olvido, solo la transformación.
Hablo en pasado porque tú lo decretaste, no porque la verdad haya muerto. Fuiste tú quien cerró el libro mientras las palabras aún ardían. Dijiste “ya no” y el universo no respondió.
Yo seguí aquí, no como promesa, sino como herida que piensa, como fe que sangra pero no huye. Te alejaste llamándolo libertad, y aun así dejaste tu nombre
escrito en mi respiración.
Porque hay amores que no obedecen decisiones, que no entienden despedidas, que permanecen no por voluntad, sino por destino.

lunes, 2 de febrero de 2026

Colapso

Cada vez que tu voz preguntaba por mi amor, un ángel herido cruzaba mi pecho,
pues en tu duda ardia un fuego
que también consumia tu propio corazón.
Un día te dije: ven, dime qué sombra te visita en la noche,
qué pensamiento nubla tu mirada, dices que hablas y mi espíritu viaja lejos, que me besas y mis labios parecen de invierno, como si dos almas errantes se miraran desde mundos distintos, pero cuando creias que no te escuchaba, es porque estaba imaginando lo que estaba por venir: te imagine vestida de eternidad,
de pie conmigo ante el tiempo, mi corazón enamorado y estúpido quizá, en un acto de júbilo sagrado jurando amor más allá de la muerte, y siempre supe que no existia otro corazón en la creación
capaz de contener el amor que te entregué; ni mil pechos ardientes podrían igualar este fuego, si piensas que nuestro lazo se desvaneció por ti está bien pero siempre me preguntó entonces qué hago
si cada pensamiento mío pronuncia tu nombre, si cada latido se encaminaba hacia ti.
Ahora quizá ya tienes ese otro corazón que puede ofrecerte más de las tristezas que te di;
he vaciado mi ser como un cáliz, quizás solo palabras como siempre me lo decías, y todo lo que fui en tu vida fue tuyo. Siento que la duda persiste como una herida abierta, ¿cómo sanar, Cuando sientes que ya nos entregamos hasta la última luz?
No, amada mía,
ni teniendo un nuevo corazón.....

sábado, 31 de enero de 2026

Tu me dices adiós, yo, te amo

Siempre eres tu amor, a la aurora primera,
antes de que el mundo aprendiera a medir el tiempo, ahi entenderás mis palabras.
Cuando dijiste “para siempre”,
yo no lo vestí de comillas ni de duda: lo dije como se dicen las verdades eternas, con la voz desnuda del espíritu.
Jamás dejaré de amarte,
pues lo eterno no sabe partir.
No estás solo en mi pecho,
habitas más hondo: en la región secreta donde el alma recuerda su origen. Eres llama y aliento, pensamiento que no duerme, nombre grabado en mi ser.
Estás aquí en la mañana que despierta, en la tarde que suspira, en la noche que reza en silencio, en cada sueño me nombras, y en cada vigilia te reconozco. Eres tú, mi vida,
mi todo dicho sin palabras,
mi eternidad hecha presencia.
No hay rincón de mí donde no estés,
porque amarte
es la forma más pura que conozco de existir.

viernes, 30 de enero de 2026

1 mes más o un mes menos ?

Percibo el tiempo como algo físico, palpable, pero el ojo jamás ha percibido como se ve al observar, mi corazón quema, en su latido secreto, como una llama escondida en el centro del pecho, siempre ama sin ruido, sin promesa, sin señal visible, aunque piense el mundo que el que lo porta no lo sienta y aquella mujer amada no perciba sus susurros.
Se dice que el amor, como las estrellas lejanas, brilla obedeciendo a una ley divina,
no para ser visto, sino porque ha sido creado para arder, leí aquella sentencia que hablaba de huir, de pulir el yo como si fuera un ídolo nuevo,
de soltar lo que arde todavía.
Y entendi entonces ese despiertar de los reproches,
los reclamos que no dijeron su nombre en voz alta. No es que el amor haya muerto, ni que el dolor haya sido vencido; es que el alma, herida de tanta luz,
tiembla al verse reflejada en palabras que no fueron escritas
pero la atraviesan como profecía.
Cada noche convoco tu forma en mi mente: tu cuerpo y palabras de amor hechas de recuerdo, tu voz como una oracion lejana, tu aliento tibio aún entre mis visiones.
Y ayer, cuando tu silueta se alzó entre las sombras, vi en ella el cansancio de permanecer en un sitio que no era refugio sino vigilia. No pude llamar tu nombre. Mis pies siguieron su marcha obediente, mientras tu voz, como un eco condenado a la distancia, me alcanzaba sin tocarme, entonces las lágrimas, como viles mensajeras mudas, trazaron su camino por mi rostro, y entendí que hay amores que no abrazan, sino que caminan a nuestro lado como ángeles invisibles, como enfermeras que amamos en silencio y se alejan para perderse en la noche.
Puedo jurare por la llama que sostiene mi aliento que no he probado gozo alguno que no lleve tu nombre en secreto.
Aunque te alejaste y escribiste el decreto de tu partida, mi amor no obedeció a esa orden, no soy farsante ni sombra doble: no he mentido, no he engañado, no he vendido mi verdad por consuelo, tampoco sé decir que odio amarte.
¿Cómo odiar lo que me dio forma? Odio, quizá, la mañana que me obliga a pasar frente a tu casa como quien cruza un santuario cerrado, siempre recuerdo tus llegadas y tus ausencias, las imágenes quietas que guardan tus ojos, DTB.

martes, 30 de diciembre de 2025

Tú, Silencio.

Amo en el territorio invisible donde el deseo arde sin nombre, y te amo incluso ahora que tu voz se vuelve bruma y tus palabras son aves que no regresan; el “te amo” ya no desciende de tus labios y comprendo, con una lucidez que duele, que si yo no te nombro el silencio se alza como única respuesta. Te observo alejarte mientras señalas mis acciones como causa, como si el amor pudiera medirse en faltas, y aun así permanezco fiel a esta llama que no pide absolución ni consuelo, porque existen afectos que no suplican reciprocidad: arden porque han sido encendidos. Y así entiendo, en este instante eterno, que hay amores que no mueren por la herida ni por el reproche, sino que continúan vivos en quien ama, como un ángel que vigila la sombra, consciente de que el otro se va sin ruido mientras el sentimiento, intacto y terrible, sigue respirando, aquí sigo, esperando tu voz.