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martes, 19 de mayo de 2026

Romina y Juvencio

En los pueblos pequeños, las familias numerosas eran tan comunes como el canto de los gallos al amanecer.
Las casas casi siempre estaban llenas de vida: niños corriendo por los patios, ollas enormes hirviendo sobre fogones de leña y madres gritando nombres desde las puertas antes de que anocheciera.
Decían los ancianos que una casa con muchos hijos jamás envejecía realmente.
Y la casa de Juvencio parecía destinada a mantenerse joven para siempre.
Vivían al borde del pueblo, cerca del bosque y de los sembradíos de maíz. Era una casa humilde, construida con esfuerzo, madera vieja y paredes que Elena había decorado con flores secas colgadas junto a las ventanas.
Elena.
Su voz era suave, tranquila, de esas personas que podían convertir cualquier lugar en hogar. Tenía la costumbre de cantar mientras barría el patio o cocinaba tortillas por las mañanas. Los vecinos decían que bastaba escucharla reír para alegrarse el día.
Juvencio trabajaba reparando bicicletas y herramientas de campo. También sabía soldar, arreglar motores pequeños y hasta reparar molinos viejos. En el pueblo todos lo conocían porque siempre llevaba las manos manchadas de grasa y tierra.
—Si algo se rompe, llévenselo a Juvencio —decían.
Y aunque el dinero nunca sobraba, la casa siempre estaba llena.
El mayor de los hijos era Emiliano, de diez años, inquieto y valiente. Decía que algún día construiría una bicicleta capaz de cruzar montañas.
Lucía tenía siete años y llenaba todo de flores. Las colocaba en frascos, detrás de sus orejas o dentro de los bolsillos de su mamá.
Mateo, de cinco años, era el más sensible. Recogía animales heridos y lloraba cuando veía aves caídas del nido.
Y finalmente estaba Romina.
La más pequeña.
Apenas un bebé de meses que dormía envuelta en mantas suaves junto a la cocina mientras Elena hacía los quehaceres.
Las noches en aquella casa eran especiales.
Después de cenar, Elena encendía pequeñas velas porque decía que la luz cálida hacía felices a las almas del hogar. Entonces los niños se reunían alrededor de Juvencio para escucharlo contar historias exageradas sobre aparecidos, criaturas escondidas entre montañas o animales gigantes que supuestamente vivían en los bosques.
Porque en los pueblos, las historias nunca mueren.
Van pasando de boca en boca. De abuelos a hijos. De hijos a nietos.
Y con el tiempo, nadie sabe realmente cuáles ocurrieron de verdad y cuáles crecieron con la imaginación de la gente.
Había historias de perros negros enormes que seguían viajeros durante la madrugada. De serpientes gigantes dormidas bajo los cerros. Y de un viejo venado blanco que, según decían, aparecía antes de las tormentas fuertes para sacar a la gente de los caminos peligrosos.
Los niños escuchaban fascinados.
Emiliano fingía no asustarse. Lucía se tapaba con una cobija hasta la nariz. Mateo hacía preguntas sin detenerse.
Y Romina, demasiado pequeña todavía, dormía arrullada por las voces de todos.
Aquella familia parecía sencilla.
Pero feliz.
Una tarde de octubre, el cielo comenzó a cubrirse lentamente de nubes oscuras.
No era extraño.
La temporada de lluvias había sido especialmente fuerte aquel año. Los caminos estaban llenos de lodo y el río cercano había comenzado a crecer más de lo normal.
Aquella mañana, Juvencio había recibido un encargo importante.
Un hombre del pueblo vecino necesitaba urgentemente reparar una máquina para moler maíz antes de las fiestas patronales del fin de semana. La máquina llevaba días descompuesta y nadie más había logrado arreglarla.
—Si la dejas funcionando hoy mismo, te pagaré el doble —le había dicho el hombre.
El dinero hacía falta.
Muchísima falta.
El techo de la casa comenzaba a gotear cuando llovía y Elena quería comprar zapatos nuevos para Emiliano, porque los suyos ya estaban rotos de tanto correr.
Así que Juvencio aceptó.
Pasó toda la mañana trabajando sobre la vieja máquina mientras el cielo se volvía cada vez más gris.
Antes de irse, Elena le acomodó el cuello de la camisa.
—No regreses muy tarde —le dijo sonriendo.
Lucía le entregó una pequeña flor amarilla “para que no manejara de malas”.
Mateo insistió en mostrarle un pequeño pájaro herido que estaba intentando cuidar.
Y Emiliano le preguntó si algún día podrían ir juntos hasta la montaña más alta del bosque.
Juvencio respondió que sí a todo.
Como hacen los padres.
Antes de salir, se acercó a Romina, que dormía profundamente envuelta en una manta blanca.
Le besó la frente.
Y Elena sonrió mientras observaba la escena.
—Se parece mucho a ti cuando duerme —susurró.
Juvencio soltó una pequeña risa.
—Pobrecita entonces.
Elena le lanzó un trapo entre risas.
Y así fue como se marchó aquella tarde.
Sin prisa.
Sin miedo.
Pensando únicamente en volver pronto a casa.
El camino al pueblo vecino era largo y pesado por la lluvia. El viento comenzaba a soplar con fuerza y los árboles se movían violentamente a los lados del sendero.
Cuando finalmente llegó, trabajó durante horas bajo la luz amarillenta de una vieja lámpara.
Desarmó piezas. Limpió engranes. Reparó cadenas oxidadas.
Y poco antes de la medianoche, la máquina volvió a funcionar.
El hombre estaba tan agradecido que insistió en darle café caliente y pan recién horneado antes de regresar.
—Quédate hasta que pase la tormenta —le dijo.
Pero Juvencio negó con la cabeza.
—Mi familia me espera.
Afuera, la lluvia caía brutalmente.
El cielo rugía.
Y en algún lugar lejano del bosque se escuchó un sonido extraño.
Un sonido profundo.
Como si la montaña hubiera suspirado.
Juvencio aceleró el paso.
No sabía por qué, pero de pronto sintió una inquietud extraña dentro del pecho.
Mientras avanzaba por el camino embarrado, recordó algo.
Esa tarde, antes de irse, Elena le había pedido que al volver trajera velas nuevas para la casa.
Porque ella decía que las noches oscuras se sentían menos frías cuando había pequeñas luces encendidas.
Juvencio sonrió ligeramente al recordarlo.
Metió la mano dentro de su bolsillo y tocó la pequeña caja de velas que había comprado antes de regresar.
La lluvia empeoró.
Los relámpagos iluminaron violentamente el bosque.
Y entonces ocurrió.
Un estruendo gigantesco atravesó la noche.
No parecía un trueno.
Parecía el rugido de la tierra rompiéndose.
El suelo vibró bajo sus pies.
Los árboles comenzaron a sacudirse violentamente.
Y después…
Silencio.
Un silencio horrible.
Juvencio sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
Corrió.
Corrió desesperadamente bajo la tormenta.
El barro le hundía las botas. La lluvia apenas le dejaba ver.
Hasta que finalmente llegó al pueblo.
Y entonces lo vio.
La gente estaba reunida cerca de su casa.
Algunos sostenían lámparas. Otros gritaban. Otros lloraban.
Pero Juvencio no entendía nada.
Solo avanzó.
Lentamente.
Como si el cuerpo de pronto le pesara demasiado.
Y entonces lo vio.
La mitad del cerro detrás de su hogar había desaparecido.
Lodo. Piedras. Árboles enteros.
Todo había caído sobre las casas cercanas al bosque.
Su hogar estaba destruido.
La caja de velas resbaló lentamente de sus manos y cayó al barro.
Juvencio sintió que el mundo entero se quedaba vacío.
Escuchaba voces alrededor. Gente intentando detenerlo.
Pero él ya no oía nada.
Comenzó a escarbar desesperadamente con las manos.
Hasta romperse las uñas. Hasta sangrar.
Y después de un tiempo que pareció una eternidad…
Escuchó un llanto.
Débil.
Pequeño.
Romina.
La encontró protegida entre los brazos inmóviles de Elena.
Cubierta completamente por el cuerpo de su madre.
Como si incluso en el último instante hubiera intentado esconderla del mundo.
La lluvia siguió cayendo toda la noche.
Los encontraron cerca del amanecer.
Los tres juntos.
Y eso terminó de destruir a Juvencio.
Porque incluso al final habían permanecido unidos.
Emiliano tenía todavía uno de los brazos extendidos hacia sus hermanos. Lucía abrazaba con fuerza el pequeño moño azul que había usado aquella tarde. Y Mateo…
Mateo sostenía contra su pecho al pequeño pájaro herido que había estado cuidando.
Los funerales en los pueblos pequeños siempre son distintos.
No son silenciosos.
La gente llora abiertamente. Abraza. Reza. Lleva comida aunque nadie tenga hambre.
Durante días enteros, los vecinos llenaron la casa de Juvencio con café caliente, pan dulce y palabras que intentaban ayudar aunque nunca fueran suficientes.
Pero él apenas hablaba.
Pasaba las noches sentado junto a la cuna de Romina observándola dormir.
A veces parecía asustado de cerrar los ojos.
Como si temiera perder también lo único que le quedaba.
Los meses pasaron lentamente.
Y aunque el pueblo intentó ayudarlo a seguir adelante, había algo en Juvencio que ya no volvió jamás.
Seguía trabajando. Seguía reparando bicicletas. Seguía levantándose temprano.
Pero ahora parecía más silencioso.
Más viejo.
Como si aquella noche le hubiera robado años enteros de vida.
Romina creció escuchando fragmentos rotos de la historia.
Nunca completos.
Porque a Juvencio le dolía demasiado hablar de ello.
Solo conocía a su familia por fotografías guardadas en una vieja caja de madera.
Emiliano sonriendo junto a una bicicleta. Lucía sosteniendo flores amarillas. Mateo abrazando un cachorro.
Y Elena…
Siempre Elena.
Con aquella mirada cálida que parecía capaz de proteger cualquier tristeza.
Cuando Romina cumplió ocho años, seguían contándose historias extrañas en el pueblo.
Los ancianos hablaban de criaturas enormes vistas décadas atrás en las montañas. Los niños repetían aquellas historias durante el recreo como si fueran secretos prohibidos.
Mateo, uno de sus compañeros de escuela, juraba que su abuelo había visto una vez un caballo gigantesco cruzando el río durante la madrugada, tan grande que el agua apenas le llegaba a las rodillas.
Camila decía que en un cerro cercano aparecía una serpiente enorme hecha de humo cuando alguien mentía demasiado.
Y Tomás aseguraba que los bosques escondían animales antiguos que solo salían durante las tormentas.
Historias así siempre sobrevivían en los pueblos.
Crecían con el tiempo. Cambiaban. Se mezclaban con rumores.
Pero jamás desaparecían del todo.
Una tarde, después de la escuela, Romina escuchó un sonido suave proveniente de un árbol enorme junto al bosque.
“Pío… pío…”
Levantó la mirada.
Muy arriba, escondido entre las ramas, había un nido gigantesco.
Dentro se movían tres pequeños polluelos cubiertos de plumón dorado.
Abrían el pico constantemente mientras emitían pequeños sonidos débiles.
Romina permaneció observándolos en silencio.
Le parecieron extraños.
Hermosos.
Frágiles.
Y desde ese día comenzó a visitarlos.
Les llevaba semillas. Fruta. Pequeños trozos de pan.
Incluso empezó a ponerles nombres: Sol, Brisa y Chispa.
Los pequeños parecían tranquilizarse cada vez que ella se acercaba.
Entonces llegó aquella tormenta.
Oscura. Violenta. Terrible.
El viento rugía entre los árboles mientras Romina corría hacia el bosque preocupada por el enorme nido.
Y cuando llegó…
Uno de los pequeños polluelos había caído.
La pequeña criatura temblaba sobre el barro empapado.
Romina corrió inmediatamente y lo levantó entre sus brazos.
—Tranquilo… tranquilo…
Entonces el bosque entero guardó silencio.
Las ramas dejaron de moverse. Los insectos callaron.
Y un gigantesco aleteo atravesó la tormenta.
“SHHHHHRAAAAA…”
Romina levantó lentamente la mirada.
Y la vio descender desde el cielo oscuro.
La criatura parecía hecha de noche y luna.
Sus alas inmensas brillaban con reflejos plateados bajo los relámpagos.
Cada pluma parecía contener pequeñas luces escondidas.
Y cuando aterrizó frente a ella, el suelo vibró suavemente.
El ave era gigantesca.
Majestuosa.
Pero sus ojos…
Aquellos ojos dorados…
Romina sintió que el pecho le dolía al mirarlos.
Había algo en ellos.
Algo conocido.
Algo profundamente humano.
El ave se acercó lentamente.
Y después abrió sus enormes alas alrededor de Romina y el pequeño polluelo.
La lluvia desapareció bajo aquella protección inmensa.
Todo quedó cubierto por una luz tenue y plateada.
Romina levantó la mirada lentamente.
Y entonces vio las estrellas.
No en el cielo.
Dentro de las alas.
Pequeños destellos vivos atrapados entre las plumas oscuras.
Parecían recuerdos brillando en mitad de la oscuridad.
El ave bajó lentamente la cabeza hasta quedar frente a Romina.
Y en aquellos ojos dorados comenzaron a aparecer imágenes.
Primero vio una casa iluminada por velas.
Escuchó risas.
Sintió olor a pan caliente.
Después vio a tres niños corriendo alrededor de una mesa.
Emiliano riendo mientras levantaba una bicicleta improvisada. Lucía colocando flores detrás de las orejas de Elena. Mateo abrazando un pequeño pájaro herido.
Romina comenzó a llorar.
Porque aunque nunca convivió con ellos…
Los reconoció inmediatamente.
Y entonces apareció Elena.
Sosteniendo a Romina bebé entre sus brazos.
Cantándole suavemente mientras afuera caía la lluvia.
El ave seguía observándola.
Y finalmente Romina entendió.
Aquella tristeza… aquella protección… aquellos ojos llenos de amor…
Era ella.
Su madre.
Y los tres pequeños polluelos…
Sus hermanos.
Romina sintió que algo dentro de su alma se abría lentamente.
Como una puerta cerrada durante años.
Entonces escuchó una voz.
No con los oídos.
Dentro del corazón.
“Jamás te dejamos sola.”
Las lágrimas comenzaron a caerle sin control.
Porque por primera vez en toda su vida… se sentía nuevamente rodeada por su familia completa.
El ave acercó lentamente su rostro al de Romina.
Y la niña cerró los ojos.
Por un instante pudo sentir el calor de una madre abrazando a sus hijos antes de dormir.
Seguro. Eterno. Inquebrantable.
Después el viento volvió a rugir.
El ave abrió lentamente sus alas.
Los tres pequeños polluelos se acomodaron junto a ella.
Y antes de elevarse hacia el cielo oscuro, aquella criatura miró a Romina una última vez.
Sus ojos dorados ya no estaban llenos de tristeza.
Ahora transmitían paz.
Y entonces desaparecieron entre las nubes.
Desde aquella noche, Romina jamás volvió a temerle a la oscuridad, porque ella al fin comprendió algo que muy pocas personas entienden realmente, hay amores tan profundos…
Que ni siquiera la muerte puede arrancarlos del mundo.

miércoles, 22 de abril de 2026

Sin nombre

No tengo nombre.
O bueno… nadie me lo dio nunca.
Soy de la calle. De esos que aprenden desde pequeños que la comida no se comparte, que el frío no se quita y que la mano del humano… casi siempre viene acompañada de dolor.
De cachorro entendí rápido cómo funciona el mundo. Unos niños me levantaron una vez, pensé que era juego… hasta que me soltaron en medio de la calle. Aprendí a correr. A esconderme. A no confiar.
Crecí entre golpes, piedras, gritos… y silencios largos donde el hambre duele más que cualquier herida.
Mis días eran iguales. Caminar. Buscar algo que comer. Evitar problemas. Y al final, sentarme en una banqueta a ver pasar el tiempo, como si no fuera mío.
Hasta que apareció él.
Era igual que yo. Flaco, sucio, con una cicatriz vieja en el ojo. No se acercó de golpe. Solo se sentó a unos metros, como respetando ese espacio que los de la calle aprendemos a cuidar.
Pasaron días así.
Un pedazo de comida cayó cerca de mí una tarde. Dudé. Lo miré. Él no se movió. Me acerqué, lo tomé… y dejé la mitad.
No sé por qué.
Tal vez porque por primera vez, no quería comer solo.
Desde ese día ya no caminaba solo.
Dormíamos cerca. Nos cuidábamos sin decir nada. Si uno encontraba comida, el otro esperaba. Si venía peligro, corríamos juntos.
No era felicidad… pero se parecía.
Y eso, para alguien como yo, era demasiado.
Un día empezó a llover fuerte.
Buscamos refugio bajo un coche viejo. El agua caía con fuerza, el frío calaba. Yo temblaba. Él se acercó un poco más, lo suficiente para que el calor se compartiera.
Esa noche no tuve miedo.
Pensé que tal vez… así se sentía tener algo.
Pero la calle no perdona que te encariñes.
A la mañana siguiente, el cielo seguía gris. Salimos a buscar comida. Caminábamos despacio, como siempre.
Hasta que escuchamos un ruido.
Fuerte. Seco.
No fue un coche. No fue un grito.
Fue una explosión.
Alguien, jugando, dejó un petardo encendido dentro de una bolsa de basura.
Él se acercó primero, buscando comida.
No tuvo tiempo.
El sonido lo rompió todo. El aire, el silencio… y a él.
Yo me quedé inmóvil. No entendía. No podía.
Cuando me acerqué… ya no respiraba.
No había sangre como en los atropellos. No hubo despedida. Solo un vacío inmediato… como si alguien hubiera apagado algo que apenas estaba empezando.
Me senté a su lado.
Horas.
Tal vez más.
La lluvia volvió a caer, pero no me moví.
Por primera vez en toda mi vida… el hambre no importaba.
Los días siguientes volví a caminar solo.
Todo era igual… pero más pesado.
El mismo frío. Las mismas calles. La misma gente que no ve.
Pero algo había cambiado.
Ya no compartía comida… pero dejaba un pedazo en el suelo.
Ya no dormía tranquilo… pero buscaba el mismo lugar bajo el coche.
Y cada tarde, me sentaba a ver pasar el tiempo… esperando, aunque sabía que no iba a volver.
Fue entonces cuando entendí algo.
Los de la calle aprendemos a sobrevivir solos.
Pero cuando alguien camina a tu lado, aunque sea por poco tiempo… deja algo que el hambre, el frío y los golpes no pueden quitar.
Porque la amistad no es cuánto dura.
Es cómo, incluso después de que se va… te enseña a no volver a estar completamente solo.

sábado, 14 de marzo de 2026

ufff

Me duele no poder correr como antes. Me pesa pensar que quizá algún día tenga que volver a una cama de hospital. Me entristece escuchar que las prótesis que suelen manejarse no siempre son de la mejor calidad.
Y aunque intento mantener una actitud positiva, hay momentos en los que el pensamiento de volver a estar inmóvil, dependiendo del tiempo y de la recuperación, me desgarra el alma.
Aun así sigo aquí. Aprendiendo a caminar distinto, a vivir distinto, y a entender que la fortaleza no siempre está en no caerse… sino en levantarse cada día con la voluntad de seguir adelante, incluso cuando el futuro da miedo.

martes, 3 de febrero de 2026

Sigo aquí

¿Crees que deseo borrarte de mi eternidad?
¿Imaginas que un alma puede desmentir su propia llama?
Lo que fuimos no es recuerdo: es aliento. Aunque te retires paso a paso, como el sol al caer,
sigues morando en mí:
en mi sangre que sueña,
en mis ojos que aún ven con tu luz, en cada forma que adopta mi ser. Porque lo que ha sido tocado por la vida no conoce el olvido, solo la transformación.
Hablo en pasado porque tú lo decretaste, no porque la verdad haya muerto. Fuiste tú quien cerró el libro mientras las palabras aún ardían. Dijiste “ya no” y el universo no respondió.
Yo seguí aquí, no como promesa, sino como herida que piensa, como fe que sangra pero no huye. Te alejaste llamándolo libertad, y aun así dejaste tu nombre
escrito en mi respiración.
Porque hay amores que no obedecen decisiones, que no entienden despedidas, que permanecen no por voluntad, sino por destino.

lunes, 2 de febrero de 2026

Colapso

Cada vez que tu voz preguntaba por mi amor, un ángel herido cruzaba mi pecho,
pues en tu duda ardia un fuego
que también consumia tu propio corazón.
Un día te dije: ven, dime qué sombra te visita en la noche,
qué pensamiento nubla tu mirada, dices que hablas y mi espíritu viaja lejos, que me besas y mis labios parecen de invierno, como si dos almas errantes se miraran desde mundos distintos, pero cuando creias que no te escuchaba, es porque estaba imaginando lo que estaba por venir: te imagine vestida de eternidad,
de pie conmigo ante el tiempo, mi corazón enamorado y estúpido quizá, en un acto de júbilo sagrado jurando amor más allá de la muerte, y siempre supe que no existia otro corazón en la creación
capaz de contener el amor que te entregué; ni mil pechos ardientes podrían igualar este fuego, si piensas que nuestro lazo se desvaneció por ti está bien pero siempre me preguntó entonces qué hago
si cada pensamiento mío pronuncia tu nombre, si cada latido se encaminaba hacia ti.
Ahora quizá ya tienes ese otro corazón que puede ofrecerte más de las tristezas que te di;
he vaciado mi ser como un cáliz, quizás solo palabras como siempre me lo decías, y todo lo que fui en tu vida fue tuyo. Siento que la duda persiste como una herida abierta, ¿cómo sanar, Cuando sientes que ya nos entregamos hasta la última luz?
No, amada mía,
ni teniendo un nuevo corazón.....

sábado, 31 de enero de 2026

Tu me dices adiós, yo, te amo

Siempre eres tu amor, a la aurora primera,
antes de que el mundo aprendiera a medir el tiempo, ahi entenderás mis palabras.
Cuando dijiste “para siempre”,
yo no lo vestí de comillas ni de duda: lo dije como se dicen las verdades eternas, con la voz desnuda del espíritu.
Jamás dejaré de amarte,
pues lo eterno no sabe partir.
No estás solo en mi pecho,
habitas más hondo: en la región secreta donde el alma recuerda su origen. Eres llama y aliento, pensamiento que no duerme, nombre grabado en mi ser.
Estás aquí en la mañana que despierta, en la tarde que suspira, en la noche que reza en silencio, en cada sueño me nombras, y en cada vigilia te reconozco. Eres tú, mi vida,
mi todo dicho sin palabras,
mi eternidad hecha presencia.
No hay rincón de mí donde no estés,
porque amarte
es la forma más pura que conozco de existir.

viernes, 30 de enero de 2026

1 mes más o un mes menos ?

Percibo el tiempo como algo físico, palpable, pero el ojo jamás ha percibido como se ve al observar, mi corazón quema, en su latido secreto, como una llama escondida en el centro del pecho, siempre ama sin ruido, sin promesa, sin señal visible, aunque piense el mundo que el que lo porta no lo sienta y aquella mujer amada no perciba sus susurros.
Se dice que el amor, como las estrellas lejanas, brilla obedeciendo a una ley divina,
no para ser visto, sino porque ha sido creado para arder, leí aquella sentencia que hablaba de huir, de pulir el yo como si fuera un ídolo nuevo,
de soltar lo que arde todavía.
Y entendi entonces ese despiertar de los reproches,
los reclamos que no dijeron su nombre en voz alta. No es que el amor haya muerto, ni que el dolor haya sido vencido; es que el alma, herida de tanta luz,
tiembla al verse reflejada en palabras que no fueron escritas
pero la atraviesan como profecía.
Cada noche convoco tu forma en mi mente: tu cuerpo y palabras de amor hechas de recuerdo, tu voz como una oracion lejana, tu aliento tibio aún entre mis visiones.
Y ayer, cuando tu silueta se alzó entre las sombras, vi en ella el cansancio de permanecer en un sitio que no era refugio sino vigilia. No pude llamar tu nombre. Mis pies siguieron su marcha obediente, mientras tu voz, como un eco condenado a la distancia, me alcanzaba sin tocarme, entonces las lágrimas, como viles mensajeras mudas, trazaron su camino por mi rostro, y entendí que hay amores que no abrazan, sino que caminan a nuestro lado como ángeles invisibles, como enfermeras que amamos en silencio y se alejan para perderse en la noche.
Puedo jurare por la llama que sostiene mi aliento que no he probado gozo alguno que no lleve tu nombre en secreto.
Aunque te alejaste y escribiste el decreto de tu partida, mi amor no obedeció a esa orden, no soy farsante ni sombra doble: no he mentido, no he engañado, no he vendido mi verdad por consuelo, tampoco sé decir que odio amarte.
¿Cómo odiar lo que me dio forma? Odio, quizá, la mañana que me obliga a pasar frente a tu casa como quien cruza un santuario cerrado, siempre recuerdo tus llegadas y tus ausencias, las imágenes quietas que guardan tus ojos, DTB.