O bueno… nadie me lo dio nunca.
Soy de la calle. De esos que aprenden desde pequeños que la comida no se comparte, que el frío no se quita y que la mano del humano… casi siempre viene acompañada de dolor.
De cachorro entendí rápido cómo funciona el mundo. Unos niños me levantaron una vez, pensé que era juego… hasta que me soltaron en medio de la calle. Aprendí a correr. A esconderme. A no confiar.
Crecí entre golpes, piedras, gritos… y silencios largos donde el hambre duele más que cualquier herida.
Mis días eran iguales. Caminar. Buscar algo que comer. Evitar problemas. Y al final, sentarme en una banqueta a ver pasar el tiempo, como si no fuera mío.
Hasta que apareció él.
Era igual que yo. Flaco, sucio, con una cicatriz vieja en el ojo. No se acercó de golpe. Solo se sentó a unos metros, como respetando ese espacio que los de la calle aprendemos a cuidar.
Pasaron días así.
Un pedazo de comida cayó cerca de mí una tarde. Dudé. Lo miré. Él no se movió. Me acerqué, lo tomé… y dejé la mitad.
No sé por qué.
Tal vez porque por primera vez, no quería comer solo.
Desde ese día ya no caminaba solo.
Dormíamos cerca. Nos cuidábamos sin decir nada. Si uno encontraba comida, el otro esperaba. Si venía peligro, corríamos juntos.
No era felicidad… pero se parecía.
Y eso, para alguien como yo, era demasiado.
Un día empezó a llover fuerte.
Buscamos refugio bajo un coche viejo. El agua caía con fuerza, el frío calaba. Yo temblaba. Él se acercó un poco más, lo suficiente para que el calor se compartiera.
Esa noche no tuve miedo.
Pensé que tal vez… así se sentía tener algo.
Pero la calle no perdona que te encariñes.
A la mañana siguiente, el cielo seguía gris. Salimos a buscar comida. Caminábamos despacio, como siempre.
Hasta que escuchamos un ruido.
Fuerte. Seco.
No fue un coche. No fue un grito.
Fue una explosión.
Alguien, jugando, dejó un petardo encendido dentro de una bolsa de basura.
Él se acercó primero, buscando comida.
No tuvo tiempo.
El sonido lo rompió todo. El aire, el silencio… y a él.
Yo me quedé inmóvil. No entendía. No podía.
Cuando me acerqué… ya no respiraba.
No había sangre como en los atropellos. No hubo despedida. Solo un vacío inmediato… como si alguien hubiera apagado algo que apenas estaba empezando.
Me senté a su lado.
Horas.
Tal vez más.
La lluvia volvió a caer, pero no me moví.
Por primera vez en toda mi vida… el hambre no importaba.
Los días siguientes volví a caminar solo.
Todo era igual… pero más pesado.
El mismo frío. Las mismas calles. La misma gente que no ve.
Pero algo había cambiado.
Ya no compartía comida… pero dejaba un pedazo en el suelo.
Ya no dormía tranquilo… pero buscaba el mismo lugar bajo el coche.
Y cada tarde, me sentaba a ver pasar el tiempo… esperando, aunque sabía que no iba a volver.
Fue entonces cuando entendí algo.
Los de la calle aprendemos a sobrevivir solos.
Pero cuando alguien camina a tu lado, aunque sea por poco tiempo… deja algo que el hambre, el frío y los golpes no pueden quitar.
Porque la amistad no es cuánto dura.

No hay comentarios:
Publicar un comentario