He aprendido que la esperanza no siempre llega luminosa; a veces es apenas una brasa en medio de la noche, pero basta con una chispa para encender un mundo entero. Mi camino, aunque hoy se vea oscuro, nublado y lleno de obstáculos, también está sembrado de posibilidades. Cada tropiezo es un susurro del destino que me dice que aún tengo algo que conquistar. Y aunque mis pasos duelan, mi voluntad no tiembla.
Ese maldito accidente no será el final de mi historia. No me va a vencer. No voy a permitir que su sombra defina quién soy. Al contrario: será el origen de mi fuerza, la marca en mi piel que algún día miraré con gratitud porque me obligó a despertar. Blake decía que “lo que hoy se prueba, mañana será tu fuerza”, y en esas palabras encuentro un hogar. No fui derrotado: fui reescrito.
Volveré a caminar. Volveré a correr. Volveré a bailar no solo con mis pies, sino con el alma completa, como quien ha vuelto de la tormenta con un corazón más claro y una voluntad más pura. Cada paso que dé será un acto de rebelión contra el destino que intentó quebrarme y no lo logró.
Regresaré más fuerte, no por ausencia de heridas, sino porque aprendí a honrarlas. Y seguiré adelante, porque he entendido que incluso la noche más cerrada no puede apagar la luz interior de quien se niega a rendirse. La vida me dio una segunda oportunidad, y juro que no la caminaré a medias.
Hoy soy prueba de que incluso desde las cenizas se puede levantar un espíritu que no renuncia. Y mañana, cuando mire atrás, sabré que este dolor no fue un castigo, sino el fuego donde se templó mi nueva versión.

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