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sábado, 31 de enero de 2026

Tu me dices adiós, yo, te amo

Siempre eres tu amor, a la aurora primera,
antes de que el mundo aprendiera a medir el tiempo, ahi entenderás mis palabras.
Cuando dijiste “para siempre”,
yo no lo vestí de comillas ni de duda: lo dije como se dicen las verdades eternas, con la voz desnuda del espíritu.
Jamás dejaré de amarte,
pues lo eterno no sabe partir.
No estás solo en mi pecho,
habitas más hondo: en la región secreta donde el alma recuerda su origen. Eres llama y aliento, pensamiento que no duerme, nombre grabado en mi ser.
Estás aquí en la mañana que despierta, en la tarde que suspira, en la noche que reza en silencio, en cada sueño me nombras, y en cada vigilia te reconozco. Eres tú, mi vida,
mi todo dicho sin palabras,
mi eternidad hecha presencia.
No hay rincón de mí donde no estés,
porque amarte
es la forma más pura que conozco de existir.

viernes, 30 de enero de 2026

1 mes más o un mes menos ?

Percibo el tiempo como algo físico, palpable, pero el ojo jamás ha percibido como se ve al observar, mi corazón quema, en su latido secreto, como una llama escondida en el centro del pecho, siempre ama sin ruido, sin promesa, sin señal visible, aunque piense el mundo que el que lo porta no lo sienta y aquella mujer amada no perciba sus susurros.
Se dice que el amor, como las estrellas lejanas, brilla obedeciendo a una ley divina,
no para ser visto, sino porque ha sido creado para arder, leí aquella sentencia que hablaba de huir, de pulir el yo como si fuera un ídolo nuevo,
de soltar lo que arde todavía.
Y entendi entonces ese despiertar de los reproches,
los reclamos que no dijeron su nombre en voz alta. No es que el amor haya muerto, ni que el dolor haya sido vencido; es que el alma, herida de tanta luz,
tiembla al verse reflejada en palabras que no fueron escritas
pero la atraviesan como profecía.
Cada noche convoco tu forma en mi mente: tu cuerpo y palabras de amor hechas de recuerdo, tu voz como una oracion lejana, tu aliento tibio aún entre mis visiones.
Y ayer, cuando tu silueta se alzó entre las sombras, vi en ella el cansancio de permanecer en un sitio que no era refugio sino vigilia. No pude llamar tu nombre. Mis pies siguieron su marcha obediente, mientras tu voz, como un eco condenado a la distancia, me alcanzaba sin tocarme, entonces las lágrimas, como viles mensajeras mudas, trazaron su camino por mi rostro, y entendí que hay amores que no abrazan, sino que caminan a nuestro lado como ángeles invisibles, como enfermeras que amamos en silencio y se alejan para perderse en la noche.
Puedo jurare por la llama que sostiene mi aliento que no he probado gozo alguno que no lleve tu nombre en secreto.
Aunque te alejaste y escribiste el decreto de tu partida, mi amor no obedeció a esa orden, no soy farsante ni sombra doble: no he mentido, no he engañado, no he vendido mi verdad por consuelo, tampoco sé decir que odio amarte.
¿Cómo odiar lo que me dio forma? Odio, quizá, la mañana que me obliga a pasar frente a tu casa como quien cruza un santuario cerrado, siempre recuerdo tus llegadas y tus ausencias, las imágenes quietas que guardan tus ojos, DTB.

martes, 30 de diciembre de 2025

Tú, Silencio.

Amo en el territorio invisible donde el deseo arde sin nombre, y te amo incluso ahora que tu voz se vuelve bruma y tus palabras son aves que no regresan; el “te amo” ya no desciende de tus labios y comprendo, con una lucidez que duele, que si yo no te nombro el silencio se alza como única respuesta. Te observo alejarte mientras señalas mis acciones como causa, como si el amor pudiera medirse en faltas, y aun así permanezco fiel a esta llama que no pide absolución ni consuelo, porque existen afectos que no suplican reciprocidad: arden porque han sido encendidos. Y así entiendo, en este instante eterno, que hay amores que no mueren por la herida ni por el reproche, sino que continúan vivos en quien ama, como un ángel que vigila la sombra, consciente de que el otro se va sin ruido mientras el sentimiento, intacto y terrible, sigue respirando, aquí sigo, esperando tu voz. 

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Accidente

Sé que puedo. Aunque el dolor a veces me doble y me obligue a respirar hondo para no caer, también me muestra secretos que antes no veía. El dolor no es mi amigo: es mi némesis, la sombra que intenta oscurecer mi espíritu, pero también el contraste que me recuerda de qué material estoy hecho. Lucho contra él con la furia tranquila de quien sabe que cada día es una oportunidad para renacer un poco más.

He aprendido que la esperanza no siempre llega luminosa; a veces es apenas una brasa en medio de la noche, pero basta con una chispa para encender un mundo entero. Mi camino, aunque hoy se vea oscuro, nublado y lleno de obstáculos, también está sembrado de posibilidades. Cada tropiezo es un susurro del destino que me dice que aún tengo algo que conquistar. Y aunque mis pasos duelan, mi voluntad no tiembla.

Ese maldito accidente no será el final de mi historia. No me va a vencer. No voy a permitir que su sombra defina quién soy. Al contrario: será el origen de mi fuerza, la marca en mi piel que algún día miraré con gratitud porque me obligó a despertar. Blake decía que “lo que hoy se prueba, mañana será tu fuerza”, y en esas palabras encuentro un hogar. No fui derrotado: fui reescrito.

Volveré a caminar. Volveré a correr. Volveré a bailar no solo con mis pies, sino con el alma completa, como quien ha vuelto de la tormenta con un corazón más claro y una voluntad más pura. Cada paso que dé será un acto de rebelión contra el destino que intentó quebrarme y no lo logró.

Regresaré más fuerte, no por ausencia de heridas, sino porque aprendí a honrarlas. Y seguiré adelante, porque he entendido que incluso la noche más cerrada no puede apagar la luz interior de quien se niega a rendirse. La vida me dio una segunda oportunidad, y juro que no la caminaré a medias.

Hoy soy prueba de que incluso desde las cenizas se puede levantar un espíritu que no renuncia. Y mañana, cuando mire atrás, sabré que este dolor no fue un castigo, sino el fuego donde se templó mi nueva versión.

viernes, 10 de octubre de 2025

Las últimas palabras que no pude decirle a mi madre.

Dicen que el alma sabe cuándo es el final, aunque el cuerpo se aferre al aire como si fuera promesa.
Yo no estaba allí cuando el tiempo decidió cerrarle los ojos a mi madre.
No escuché el suspiro que se escapó entre sus labios dormidos, ni la tibieza que se desvaneció de sus manos.
Pero a veces, en el silencio que sigue a los días más largos, la escucho…
como si el mundo entero contuviera la respiración para dejarme hablarle una última vez.

“Madre…” —le diría—
“No sé si me escuchas desde donde estás,
si el eco de mis culpas te alcanza,
si mis ausencias pesaron más que mis abrazos.
Pero quiero que sepas que todo lo bueno en mí nació de tus ojos,
de esa manera en que mirabas el mundo como si incluso el dolor tuviera una razón sagrada.”

Quisiera decirle que nunca dejé de pensar en ella,
que el amor no se disuelve con la distancia ni con los años,
que hay algo de su voz en cada palabra que pronuncio,
algo de su ternura en la forma en que miro a mi hija,
algo de su fuerza en la manera en que sigo respirando.

“Perdóname por no haber estado, mamá.
Por no sostener tu mano cuando el mundo se te iba apagando.
Pero juro que te hablé, aun sin verte,
y que te sigo hablando ahora,
porque hay conversaciones que no necesitan cuerpos,
solo amor… y la eternidad.”

Y entonces la imagino sonriendo,
como cuando yo era niño y me caía,
y su mirada me levantaba antes que sus manos.

Tal vez ese fue su último gesto,
un perdón silencioso,
una caricia invisible.
Y desde entonces, cada vez que miro al cielo,
siento que aún me escucha,
como si la muerte fuera solo un idioma nuevo
en el que seguimos diciéndonos “te amo”.

lunes, 21 de julio de 2025

Sabes Ara

El tiempo no es un río. Es una garra.
No fluye: arrastra. Desgasta. Muerde.
No da tregua ni avisa. Te levantas con veinte años y parpadeas, y ya no sabes quién demonios eres.
Te ves al espejo y la cara sigue siendo tuya, pero hay algo que ya no responde. Algo se perdió entre lunes y lunes.

La vida, esa broma lenta, te enseña a respirar y luego te enseña a aguantar la respiración mientras todo se hunde.
No hay paz. Sólo pausas.
No hay alivio. Sólo rutinas.
Te enseñan a sonreír por fuera mientras por dentro se desmorona algo que ni siquiera sabes nombrar.

El tiempo te deja viendo cadáveres vivos.
Amigos que ya no son, padres que envejecen sin pedir permiso, amores que se borran como tinta barata.
Y tú ahí, sin saber si estás viviendo o solo repitiendo los pasos de alguien que ya murió por dentro.

Lo peor no es la muerte. Es la espera.
El saber que todo lo que amas va a desaparecer, lentamente, sin dramatismo, como si fuera normal.
Y aún así sigues.
Como si tuviera sentido.
Como si doler fuera parte del trato.

El tiempo es el asesino más elegante, ese que no usa cuchillos ni sangre. Te mata despacio, con rutinas, con cumpleaños vacíos, con la misma calle todos los días.
No hay explosión. Hay desgaste.
Un goteo interminable que va pudriendo lo que eras.

Te roba sin que lo notes: la risa, la energía, las ganas.
Y un día despiertas y no reconoces tu voz.
Ya no sueñas, sobrevives.
Ya no esperas, soportas.
La vida se volvió una fila interminable hacia nada.

Y lo peor: nadie lo dice.
Todos fingen que está bien. Que crecer es bonito, que madurar es ganar claridad.
Mentira.
Madurar es ver cómo mueren partes de ti y tener que aplaudirlo.
Es enterrar versiones tuyas sin velorio.
Es aprender a sonreír con el rostro roto.

El tiempo no te enseña nada útil.
Te vuelve más frío, más desconfiado, más cínico.
Aprendes a amar con miedo, a dormir con ansiedad, a mirar el futuro como quien ve un pozo.

¿Y para qué?
Para envejecer rodeado de fotos que ya no significan nada.
Para aferrarte a recuerdos que duelen más que consuelan.
Para decir que “viviste” cuando en realidad te arrastraste.

El tiempo es una burla disfrazada de lección.
Y la vida, una celda con la puerta abierta… pero sin salida.

Una conclusión tan áspera como el resto, sin redención ni consuelo barato jummm solo el eco de alguien que mira el abismo y decide nombrarlo:

Quizá lo más honesto que uno puede hacer es dejar de fingir que todo tiene sentido.
Aceptar que hay días donde el alma no responde, donde la vida pesa más que el cuerpo, y que no siempre hay salida.
Que a veces no se trata de ser fuerte, sino de no romperte del todo.
Que seguir adelante no es valentía, es inercia.

Al final, todos vamos cayendo en silencio.
Nadie avisa el momento exacto en que algo dentro se apaga.
Solo lo sabes cuando ya es tarde. Cuando lo que amabas ya no importa. Cuando ya no esperas nada, pero sigues respirando igual.

Y entonces entiendes:
no era miedo, no era tristeza. Era el tiempo, masticando lentamente todo lo que te hacía humano.
Y tú, aceptándolo. Porque eso es lo que se espera.

El resto… es solo ruido.
El resto… es aguantar.
Hasta que ya no importe.

Hasta que incluso el dolor se canse de ti.

viernes, 18 de julio de 2025

Mucho de esto y aquello

Reíste, lloraste, hablaste de todo y de nada... pero te fuiste. Y yo, que te ofrecí mi tormenta envuelta en un silencio dulce, quedé como un faro encendido en la niebla de tu partida, no puedes decir que solo fue por mi bien, porque el amor verdadero no teme ensuciarse los pies en el lodo de lo cotidiano, amar no es huir, ni poner excusas con cara de sacrificio, a veces se trata de quedarse, incluso cuando arde, al final, quien abandona lleva el consuelo del movimiento, pero quien se queda, se pudre en su propia quietud, y esa....... es la forma más cruel de abandono.
Es cierto, falle en cuidar tu corazón, fue un acto que no grité, pero que habité en silencio. Sé que las palabras no valen si no caminan junto a los actos, pero también sé que el recuerdo es caprichoso: olvida lo que se dijo con el alma y guarda solo lo que se hizo con torpeza, siempre se trata del ‘tú hiciste, tú dijiste’, como si amar fuera un juicio donde solo uno carga las culpas y el otro limpia su alma con silencios selectivos. Ambos dijimos cosas, también prometí sin teatro, también me fui rompiendo mientras protegía lo que me decías que debia cuidar por completo mientras te alejabas, ¿Y sabes? No todo abandono es físico, hay quienes nos quedamos, pero nos ausentamos en la mirada, y hay quienes se van, pero lo hacen con el alma abierta y el corazón sangrando, somos así, no me disculpo por haber sentido de verdad, aunque me haya dolido más de lo que pude mostrar, porque no fui perfecto, pero tampoco fui indiferente a pesar de que tú lo veas así, y eso, al final del día, me sigue salvando del olvido y de tu hastío. Al final mereces ser feliz, creo que somos dos almas que intentaron amarse desde las heridas del alma y el fuego del el corazón, no te culpo, pero tampoco me culpo más, llegué a hacerlo pero se que lo dimos hasta donde supimos, hasta donde pudimos  y quizá hasta donde nos dejaron nuestros propios miedos, no me quedo con rencor, jamás ha Sido lo mío, tampoco te dejo excusas, te dejo paz, ysi alguna vez tu recuerdo me visita, que lo haga con la delicadeza de lo que pudo ser, no con la amargura de lo que no fue.
Esas palabras: no somos nada y jamás lo seremos nuevamente; aunque, por un segundo, sonó como una dulce venganza disfrazada de redención, como esas palabras que uno guarda por tanto tiempo que terminan doliendo más al soltarse que al callarse, sabes, te fuiste tantas veces que aprendí a ocultar mi dolor en tus ausencias, a convertirme en un susurro que ya no sabías escuchar, a dolerme en silencio mientras tú decidías cuándo quedarte y cuándo partir.

Y aquí estoy… tratando de juntar las piezas de mi corazón que no rompiste de golpe, sino lento, con ternura, con dudas, con promesas que murieron tibias.

Tal vez no era venganza. Pero, juro por Dios, dolió como si lo fuera.

No soy tu nada, ni tú la mía. Tal vez fuimos pausa, tal vez espejo, tal vez caos necesario, pero al final, aunque tus palabras me duelen, también fui testigo de la parte de ti que aún sabía sentir, y eso, aunque duela, lo agradezco.
Por último en este largo texto nuevamente te digo que decirte “te amo con agradecimiento” no fue reducirte a un favor concedido ni a un consuelo en mi miseria, fue elevarte, fue reconocer que tu presencia en mi vida no llegó como una caricia ligera, sino como un huracán que devastó y transformó todo lo que yo era, mi agradecimiento no es tibio, no es cortesía, es fuego y ahora es ceniza. Es la forma que tiene mi alma de rendirse ante algo que le enseñó a sentir más allá del entendimiento.
Te agradezco como se agradece al dolor que despierta, a la herida que enseña, a la pasión que quema hasta dejar solo huesos, te agradezco como se agradece a la noche por sus estrellas, al abismo por su verdad, al relámpago por mostrar lo que el día oculta, dentro de ese agradecimiento habita el amor más grande que he conocido, habita la ternura con la que te miré dormir por unos minutos sin que lo supieras, habita el silencio en el que pronuncié tu nombre cuando no estabas, habita cada vez que quise odiarte y no pude.
Cada vez que me fui y me quedé, cada vez que me doliste y aún así elegí seguir sintiendo.

No, no es gratitud por lo que hiciste, es por lo que fuiste. Por lo que fuiste en mí, así que no confundas: cuando dije “te amo con agradecimiento”, lo que realmente dije fue:

te amo con todo lo que me hiciste ser, incluso con lo que se rompió para que pudiera encontrarte.