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martes, 30 de diciembre de 2025

Tú, Silencio.

Amo en el territorio invisible donde el deseo arde sin nombre, y te amo incluso ahora que tu voz se vuelve bruma y tus palabras son aves que no regresan; el “te amo” ya no desciende de tus labios y comprendo, con una lucidez que duele, que si yo no te nombro el silencio se alza como única respuesta. Te observo alejarte mientras señalas mis acciones como causa, como si el amor pudiera medirse en faltas, y aun así permanezco fiel a esta llama que no pide absolución ni consuelo, porque existen afectos que no suplican reciprocidad: arden porque han sido encendidos. Y así entiendo, en este instante eterno, que hay amores que no mueren por la herida ni por el reproche, sino que continúan vivos en quien ama, como un ángel que vigila la sombra, consciente de que el otro se va sin ruido mientras el sentimiento, intacto y terrible, sigue respirando, aquí sigo, esperando tu voz. 

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Accidente

Sé que puedo. Aunque el dolor a veces me doble y me obligue a respirar hondo para no caer, también me muestra secretos que antes no veía. El dolor no es mi amigo: es mi némesis, la sombra que intenta oscurecer mi espíritu, pero también el contraste que me recuerda de qué material estoy hecho. Lucho contra él con la furia tranquila de quien sabe que cada día es una oportunidad para renacer un poco más.

He aprendido que la esperanza no siempre llega luminosa; a veces es apenas una brasa en medio de la noche, pero basta con una chispa para encender un mundo entero. Mi camino, aunque hoy se vea oscuro, nublado y lleno de obstáculos, también está sembrado de posibilidades. Cada tropiezo es un susurro del destino que me dice que aún tengo algo que conquistar. Y aunque mis pasos duelan, mi voluntad no tiembla.

Ese maldito accidente no será el final de mi historia. No me va a vencer. No voy a permitir que su sombra defina quién soy. Al contrario: será el origen de mi fuerza, la marca en mi piel que algún día miraré con gratitud porque me obligó a despertar. Blake decía que “lo que hoy se prueba, mañana será tu fuerza”, y en esas palabras encuentro un hogar. No fui derrotado: fui reescrito.

Volveré a caminar. Volveré a correr. Volveré a bailar no solo con mis pies, sino con el alma completa, como quien ha vuelto de la tormenta con un corazón más claro y una voluntad más pura. Cada paso que dé será un acto de rebelión contra el destino que intentó quebrarme y no lo logró.

Regresaré más fuerte, no por ausencia de heridas, sino porque aprendí a honrarlas. Y seguiré adelante, porque he entendido que incluso la noche más cerrada no puede apagar la luz interior de quien se niega a rendirse. La vida me dio una segunda oportunidad, y juro que no la caminaré a medias.

Hoy soy prueba de que incluso desde las cenizas se puede levantar un espíritu que no renuncia. Y mañana, cuando mire atrás, sabré que este dolor no fue un castigo, sino el fuego donde se templó mi nueva versión.

viernes, 10 de octubre de 2025

Las últimas palabras que no pude decirle a mi madre.

Dicen que el alma sabe cuándo es el final, aunque el cuerpo se aferre al aire como si fuera promesa.
Yo no estaba allí cuando el tiempo decidió cerrarle los ojos a mi madre.
No escuché el suspiro que se escapó entre sus labios dormidos, ni la tibieza que se desvaneció de sus manos.
Pero a veces, en el silencio que sigue a los días más largos, la escucho…
como si el mundo entero contuviera la respiración para dejarme hablarle una última vez.

“Madre…” —le diría—
“No sé si me escuchas desde donde estás,
si el eco de mis culpas te alcanza,
si mis ausencias pesaron más que mis abrazos.
Pero quiero que sepas que todo lo bueno en mí nació de tus ojos,
de esa manera en que mirabas el mundo como si incluso el dolor tuviera una razón sagrada.”

Quisiera decirle que nunca dejé de pensar en ella,
que el amor no se disuelve con la distancia ni con los años,
que hay algo de su voz en cada palabra que pronuncio,
algo de su ternura en la forma en que miro a mi hija,
algo de su fuerza en la manera en que sigo respirando.

“Perdóname por no haber estado, mamá.
Por no sostener tu mano cuando el mundo se te iba apagando.
Pero juro que te hablé, aun sin verte,
y que te sigo hablando ahora,
porque hay conversaciones que no necesitan cuerpos,
solo amor… y la eternidad.”

Y entonces la imagino sonriendo,
como cuando yo era niño y me caía,
y su mirada me levantaba antes que sus manos.

Tal vez ese fue su último gesto,
un perdón silencioso,
una caricia invisible.
Y desde entonces, cada vez que miro al cielo,
siento que aún me escucha,
como si la muerte fuera solo un idioma nuevo
en el que seguimos diciéndonos “te amo”.

lunes, 21 de julio de 2025

Sabes Ara

El tiempo no es un río. Es una garra.
No fluye: arrastra. Desgasta. Muerde.
No da tregua ni avisa. Te levantas con veinte años y parpadeas, y ya no sabes quién demonios eres.
Te ves al espejo y la cara sigue siendo tuya, pero hay algo que ya no responde. Algo se perdió entre lunes y lunes.

La vida, esa broma lenta, te enseña a respirar y luego te enseña a aguantar la respiración mientras todo se hunde.
No hay paz. Sólo pausas.
No hay alivio. Sólo rutinas.
Te enseñan a sonreír por fuera mientras por dentro se desmorona algo que ni siquiera sabes nombrar.

El tiempo te deja viendo cadáveres vivos.
Amigos que ya no son, padres que envejecen sin pedir permiso, amores que se borran como tinta barata.
Y tú ahí, sin saber si estás viviendo o solo repitiendo los pasos de alguien que ya murió por dentro.

Lo peor no es la muerte. Es la espera.
El saber que todo lo que amas va a desaparecer, lentamente, sin dramatismo, como si fuera normal.
Y aún así sigues.
Como si tuviera sentido.
Como si doler fuera parte del trato.

El tiempo es el asesino más elegante, ese que no usa cuchillos ni sangre. Te mata despacio, con rutinas, con cumpleaños vacíos, con la misma calle todos los días.
No hay explosión. Hay desgaste.
Un goteo interminable que va pudriendo lo que eras.

Te roba sin que lo notes: la risa, la energía, las ganas.
Y un día despiertas y no reconoces tu voz.
Ya no sueñas, sobrevives.
Ya no esperas, soportas.
La vida se volvió una fila interminable hacia nada.

Y lo peor: nadie lo dice.
Todos fingen que está bien. Que crecer es bonito, que madurar es ganar claridad.
Mentira.
Madurar es ver cómo mueren partes de ti y tener que aplaudirlo.
Es enterrar versiones tuyas sin velorio.
Es aprender a sonreír con el rostro roto.

El tiempo no te enseña nada útil.
Te vuelve más frío, más desconfiado, más cínico.
Aprendes a amar con miedo, a dormir con ansiedad, a mirar el futuro como quien ve un pozo.

¿Y para qué?
Para envejecer rodeado de fotos que ya no significan nada.
Para aferrarte a recuerdos que duelen más que consuelan.
Para decir que “viviste” cuando en realidad te arrastraste.

El tiempo es una burla disfrazada de lección.
Y la vida, una celda con la puerta abierta… pero sin salida.

Una conclusión tan áspera como el resto, sin redención ni consuelo barato jummm solo el eco de alguien que mira el abismo y decide nombrarlo:

Quizá lo más honesto que uno puede hacer es dejar de fingir que todo tiene sentido.
Aceptar que hay días donde el alma no responde, donde la vida pesa más que el cuerpo, y que no siempre hay salida.
Que a veces no se trata de ser fuerte, sino de no romperte del todo.
Que seguir adelante no es valentía, es inercia.

Al final, todos vamos cayendo en silencio.
Nadie avisa el momento exacto en que algo dentro se apaga.
Solo lo sabes cuando ya es tarde. Cuando lo que amabas ya no importa. Cuando ya no esperas nada, pero sigues respirando igual.

Y entonces entiendes:
no era miedo, no era tristeza. Era el tiempo, masticando lentamente todo lo que te hacía humano.
Y tú, aceptándolo. Porque eso es lo que se espera.

El resto… es solo ruido.
El resto… es aguantar.
Hasta que ya no importe.

Hasta que incluso el dolor se canse de ti.

viernes, 18 de julio de 2025

Mucho de esto y aquello

Reíste, lloraste, hablaste de todo y de nada... pero te fuiste. Y yo, que te ofrecí mi tormenta envuelta en un silencio dulce, quedé como un faro encendido en la niebla de tu partida, no puedes decir que solo fue por mi bien, porque el amor verdadero no teme ensuciarse los pies en el lodo de lo cotidiano, amar no es huir, ni poner excusas con cara de sacrificio, a veces se trata de quedarse, incluso cuando arde, al final, quien abandona lleva el consuelo del movimiento, pero quien se queda, se pudre en su propia quietud, y esa....... es la forma más cruel de abandono.
Es cierto, falle en cuidar tu corazón, fue un acto que no grité, pero que habité en silencio. Sé que las palabras no valen si no caminan junto a los actos, pero también sé que el recuerdo es caprichoso: olvida lo que se dijo con el alma y guarda solo lo que se hizo con torpeza, siempre se trata del ‘tú hiciste, tú dijiste’, como si amar fuera un juicio donde solo uno carga las culpas y el otro limpia su alma con silencios selectivos. Ambos dijimos cosas, también prometí sin teatro, también me fui rompiendo mientras protegía lo que me decías que debia cuidar por completo mientras te alejabas, ¿Y sabes? No todo abandono es físico, hay quienes nos quedamos, pero nos ausentamos en la mirada, y hay quienes se van, pero lo hacen con el alma abierta y el corazón sangrando, somos así, no me disculpo por haber sentido de verdad, aunque me haya dolido más de lo que pude mostrar, porque no fui perfecto, pero tampoco fui indiferente a pesar de que tú lo veas así, y eso, al final del día, me sigue salvando del olvido y de tu hastío. Al final mereces ser feliz, creo que somos dos almas que intentaron amarse desde las heridas del alma y el fuego del el corazón, no te culpo, pero tampoco me culpo más, llegué a hacerlo pero se que lo dimos hasta donde supimos, hasta donde pudimos  y quizá hasta donde nos dejaron nuestros propios miedos, no me quedo con rencor, jamás ha Sido lo mío, tampoco te dejo excusas, te dejo paz, ysi alguna vez tu recuerdo me visita, que lo haga con la delicadeza de lo que pudo ser, no con la amargura de lo que no fue.
Esas palabras: no somos nada y jamás lo seremos nuevamente; aunque, por un segundo, sonó como una dulce venganza disfrazada de redención, como esas palabras que uno guarda por tanto tiempo que terminan doliendo más al soltarse que al callarse, sabes, te fuiste tantas veces que aprendí a ocultar mi dolor en tus ausencias, a convertirme en un susurro que ya no sabías escuchar, a dolerme en silencio mientras tú decidías cuándo quedarte y cuándo partir.

Y aquí estoy… tratando de juntar las piezas de mi corazón que no rompiste de golpe, sino lento, con ternura, con dudas, con promesas que murieron tibias.

Tal vez no era venganza. Pero, juro por Dios, dolió como si lo fuera.

No soy tu nada, ni tú la mía. Tal vez fuimos pausa, tal vez espejo, tal vez caos necesario, pero al final, aunque tus palabras me duelen, también fui testigo de la parte de ti que aún sabía sentir, y eso, aunque duela, lo agradezco.
Por último en este largo texto nuevamente te digo que decirte “te amo con agradecimiento” no fue reducirte a un favor concedido ni a un consuelo en mi miseria, fue elevarte, fue reconocer que tu presencia en mi vida no llegó como una caricia ligera, sino como un huracán que devastó y transformó todo lo que yo era, mi agradecimiento no es tibio, no es cortesía, es fuego y ahora es ceniza. Es la forma que tiene mi alma de rendirse ante algo que le enseñó a sentir más allá del entendimiento.
Te agradezco como se agradece al dolor que despierta, a la herida que enseña, a la pasión que quema hasta dejar solo huesos, te agradezco como se agradece a la noche por sus estrellas, al abismo por su verdad, al relámpago por mostrar lo que el día oculta, dentro de ese agradecimiento habita el amor más grande que he conocido, habita la ternura con la que te miré dormir por unos minutos sin que lo supieras, habita el silencio en el que pronuncié tu nombre cuando no estabas, habita cada vez que quise odiarte y no pude.
Cada vez que me fui y me quedé, cada vez que me doliste y aún así elegí seguir sintiendo.

No, no es gratitud por lo que hiciste, es por lo que fuiste. Por lo que fuiste en mí, así que no confundas: cuando dije “te amo con agradecimiento”, lo que realmente dije fue:

te amo con todo lo que me hiciste ser, incluso con lo que se rompió para que pudiera encontrarte.





lunes, 9 de junio de 2025

Jumm

Decir que me diste la libertad es, sin quererlo, aceptar que estuve preso, como si hubiese sido retenido o atado a tu voluntad… y tú sabes que no fue así. Yo estuve porque quise, sin cadenas ni muros, solo con el deseo de estar. Hoy, al escucharte decir 'te amé', comprendo que ya hablas en pasado, como quien cierra un libro sabiendo que no volverá a abrirlo, aunque aún recuerde de memoria algunas páginas.
Y está bien… cre... no todo lo que termina es un fracaso. Tu me dijiste que a veces, el amor también se demuestra sabiendo soltar, y tú lo hiciste cuando me pedías que noo hiciera pero muchas veces me dijiste que lo hiciera aunque siempre digo que vivimos todo esto sin rencor, sin culpas. Lo nuestro es lo que pudo ser con lo que teníamos, ni más ni menos. Ahora hablas de caminar tu propio camino, ojalá sea con paso firme, no dudo que así sea, y que sea sin peso en el alma. Porque aunque ya no hables de amor en presente, hay un silencio que guarda lo vivido con respeto. Y eso también es una forma de amar… en paz.
No te guardo reproches, porque cada quien ama como puede, no siempre como el otro necesita. Quizá por eso nos perdimos: tú creías que yo buscaba libertad, y yo solo anhelaba comprensión. No era una jaula lo que me alejaba, sino la sensación de estar lastimandote y no escuchar tus gritos, aún así eso nunca significó que no te amase.

siempre habrá mucho que decir cómo decirte amor gracias por las risas, por los silencios que también nos enseñaron, siempre me dijiste que te vaya bonito… de verdad, que encuentres quien te entienda como tú mereces, y que la vida nos regale recuerdos sin dolor cuando pensemos en lo que somos. 

domingo, 8 de junio de 2025

Modus

Hola extraña… llegaste justo a tiempo, te he buscado entre sombras, en las esquinas del día, en la fila del starbucks, en el rostro de alguien que pasa…no llegamos tarde, solo..... justo a tiempo, mira, aquellas fotos nuestras: empezaste a borrarlas de tu teléfono, ahí, ya no están, solo tus viejas cartas entre papeles viejos en el cajón de mi óptica.
Las risas se han perdido, como llaves olvidadas, los días ya no tienen nombres ni pretextos, de que hubo heridas pequeñas, palabras a solas, lágrimas frías y silencios largos.
Cosas que no puedo decir sin que se me noten los temblores,
pero nada que no podría contarte cuando vuelves.

Hola, de nuevo… te guardé en un lugar, quizá sepas donde es,  ya no me parece extraño imaginarte otra vez frente a mí.
Después de todo, el amor así como tú nunca ha sido extraño,
A veces te escribo sin papel ni tinta, en pensamientos que se desvanecen antes de llegar a tus manos.
Te hablo en voz baja mientras realizó un examen, como si tu risa aún rebotara por las paredes de aquel lugar.
Sigo dejando encendida la luz que tanto te gustaba, aunque sé que te fuiste...
No sabes cuántas veces me he topado con tu perfume en cuerpos ajenos y pasados vacíos, no pienses mal, me refiero a gente caminando en la calle.
No sabes cuánto me pesa que todo lo que somos se haya quedado como una canción que nadie canta, pero que no dejo de tararear.

¿Recuerdas cuando el mundo era un poco menos duro
y tus dedos cabían entre los míos como promesa?
¿Recuerdas las caminatas sin destino, el silencio cómodo, las pequeñas guerras que perdonábamos con besos?
Yo sí. Las repaso como quien mira viejas películas
sabiendo de memoria cada línea, cada final.

Y sin embargo, no te culpo.
A veces el amor no muere, pero como me dijiste: se cansa.
Y a veces el orgullo habla más fuerte que el corazón, quizá por eso somos dos exiliados del mismo lugar.
Pero si un día tus pasos dudan,
si tu alma tropieza con las mías en el aire…
que sepas esto:
Aquí sigo.
Sin reloj.
Sin preguntas.
Sin reproches.

Solo el lugar que te guardé.
Y el amor que no supo desvanecerse.
 

martes, 20 de mayo de 2025

Liturgia para un Dios menor.

Crónica de una enfermera que nunca fue solo humana

 "No toda curación se da en la carne.
Algunas heridas solo responden al lenguaje del alma."




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Capítulo I: Manifiesto del Cuervo Roto

Sé que soy un maldito loco,
a veces un tanto solitario y muy depresivo.
Eso me hace que no necesite complacer a nadie
y que no me importe ser comprendido.

Porque en el jardín de mi mente brotan bestias con alas de vidrio,
y en sus ojos arde un fuego que ninguna lógica puede apagar.
Camino entre ruinas interiores,
con el corazón hecho de puertas que se abren solas.

Soy el que no busca la cura,
sino la herida que canta.

Profanador de tumbas.


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Capítulo II: El Velo Blanco

En una sala sin ventanas,
una enfermera de ojos pálidos camina descalza.
No se escucha su paso,
pero la fiebre tiembla cuando ella se acerca.

A su paso, los instrumentos enmudecen,
las moscas se detienen en el aire,
y hasta los fantasmas hacen silencio.

No hay expediente que la nombre,
ni reloj que registre su entrada.
Solo hay miradas que se sienten vistas,
y dolores que, al verla, recuerdan
que alguna vez fueron humanos.


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Capítulo III: Monserrat, la Vela Silente

Monserrat no nació.
Fue encontrada en el ala abandonada de un hospital demolido,
acurrucada entre restos de expedientes y polvo de huesos.

Vestía una bata blanca,
pero no tenía número, ni fecha, ni historia.
Solo traía consigo una venda gris al cuello
y la mirada de alguien que ya había visto el final del mundo.

Desde entonces, camina entre quirófanos como si flotara,
coloca las manos sobre fiebre y pérdida,
y susurra palabras que nadie entiende,
pero que el dolor reconoce.

Dicen que no duerme.
Que a veces la ven en dos lugares al mismo tiempo.
Y que cuando un paciente parte,
ella siempre está ahí,
cuidando el último aliento como si fuera una ofrenda.


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Capítulo IV: El Paciente del Cuarto sin Número

Hay un cuarto en el hospital que no figura en planos ni rondines.
Se encuentra entre el quirófano y la morgue,
aunque nadie ha logrado entrar dos veces por la misma puerta.

Se llama "El Cuarto sin Número".
Y en él, hay un paciente que nunca despierta,
pero que sangra en sueños.

Monserrat entra sin pedir permiso.
Coloca una lámpara de aceite sobre su pecho.
Y recita nombres olvidados.
No los suyos.
Sino los que nadie más se atrevió a recordar.

Ese paciente, dicen, alguna vez fue un dios.
O un error de la creación.
Y solo ella puede entender el ritmo de su agonía.
No para curarlo,
sino para que su dolor no se repita en otros cuerpos.


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Capítulo V: El Nombre Verdadero de Monserrat

Monserrat no nació entre hombres.
Antes del tiempo, cuando el universo apenas era un murmullo tibio,
hubo una guerra en el Reino de las Cicatrices.

No una guerra por poder, sino por compasión:
un cisma entre los que querían cerrar las heridas del mundo
y los que creían que debían sangrar para siempre.

Entre ellos estaba Shemra’el,
el ángel sin alas,
el único que no lloraba con lágrimas,
sino con fragmentos de recuerdos ajenos.

Fue ella.
Antes de ser Monserrat, fue la Custodia del Umbral,
la que velaba por las almas demasiado rotas para ascender,
y demasiado humanas para caer.

Por amar a una criatura mortal, fue arrojada.
No como castigo, sino como misión:
encarnar en un cuerpo frágil,
caminar entre salas de hospital,
y recordar, lentamente, quién era.

El día en que fue hallada,
una anciana ciega de nacimiento la tocó
y dijo:
—Ella no llora. Ella recoge los llantos.

Desde entonces, Monserrat ha ido recuperando fragmentos de su luz
en cada paciente que toca,
en cada muerte que acompaña,
en cada silencio que traduce.


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Capítulo VI: El Primer Herido

Monserrat recibió el llamado en el susurro de una fiebre.
Una niña deliraba,
y entre espasmos murmuró un nombre imposible:
el eco del Primer Herido.

Se dice que antes del lenguaje,
hubo una chispa que decidió sentirse sola.
Y en esa soledad nació la conciencia…
y con ella, la primera herida del universo.

Ese ser duerme bajo capas de tiempo y hueso,
y mientras su herida siga abierta,
el mundo seguirá sangrando.

Monserrat descendió,
cruzó corredores hechos de trauma congelado,
donde los relojes lloraban
y los espejos gritaban su nombre antiguo:
Shemra’el.

Y allí lo encontró:
un corazón gigante,
enterrado en un campo de esqueletos que nunca vivieron,
latiendo con siglos de sufrimiento humano.

Ella colocó sobre su herida la venda gris.
No para sanar, sino para ver.
Y dijo:

—Te veo.

En ese instante, el dolor dejó de necesitarse.
El corazón dejó de latir, no por muerte,
sino porque por fin encontró reposo.


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Epílogo: Donde la luz no tiene sombra

Nadie recuerda a Monserrat.
O quizás la ven todos los días:
en la sala de urgencias,
en la mirada firme de una enfermera silenciosa,
en la voz que calma sin explicación.

Porque donde una herida deja de gritar,
allí está ella.
No con bisturí,
sino con alma.

> "Aún estás aquí.
Y eso también es sagrado."