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martes, 19 de mayo de 2026

Romina y Juvencio

En los pueblos pequeños, las familias numerosas eran tan comunes como el canto de los gallos al amanecer.
Las casas casi siempre estaban llenas de vida: niños corriendo por los patios, ollas enormes hirviendo sobre fogones de leña y madres gritando nombres desde las puertas antes de que anocheciera.
Decían los ancianos que una casa con muchos hijos jamás envejecía realmente.
Y la casa de Juvencio parecía destinada a mantenerse joven para siempre.
Vivían al borde del pueblo, cerca del bosque y de los sembradíos de maíz. Era una casa humilde, construida con esfuerzo, madera vieja y paredes que Elena había decorado con flores secas colgadas junto a las ventanas.
Elena.
Su voz era suave, tranquila, de esas personas que podían convertir cualquier lugar en hogar. Tenía la costumbre de cantar mientras barría el patio o cocinaba tortillas por las mañanas. Los vecinos decían que bastaba escucharla reír para alegrarse el día.
Juvencio trabajaba reparando bicicletas y herramientas de campo. También sabía soldar, arreglar motores pequeños y hasta reparar molinos viejos. En el pueblo todos lo conocían porque siempre llevaba las manos manchadas de grasa y tierra.
—Si algo se rompe, llévenselo a Juvencio —decían.
Y aunque el dinero nunca sobraba, la casa siempre estaba llena.
El mayor de los hijos era Emiliano, de diez años, inquieto y valiente. Decía que algún día construiría una bicicleta capaz de cruzar montañas.
Lucía tenía siete años y llenaba todo de flores. Las colocaba en frascos, detrás de sus orejas o dentro de los bolsillos de su mamá.
Mateo, de cinco años, era el más sensible. Recogía animales heridos y lloraba cuando veía aves caídas del nido.
Y finalmente estaba Romina.
La más pequeña.
Apenas un bebé de meses que dormía envuelta en mantas suaves junto a la cocina mientras Elena hacía los quehaceres.
Las noches en aquella casa eran especiales.
Después de cenar, Elena encendía pequeñas velas porque decía que la luz cálida hacía felices a las almas del hogar. Entonces los niños se reunían alrededor de Juvencio para escucharlo contar historias exageradas sobre aparecidos, criaturas escondidas entre montañas o animales gigantes que supuestamente vivían en los bosques.
Porque en los pueblos, las historias nunca mueren.
Van pasando de boca en boca. De abuelos a hijos. De hijos a nietos.
Y con el tiempo, nadie sabe realmente cuáles ocurrieron de verdad y cuáles crecieron con la imaginación de la gente.
Había historias de perros negros enormes que seguían viajeros durante la madrugada. De serpientes gigantes dormidas bajo los cerros. Y de un viejo venado blanco que, según decían, aparecía antes de las tormentas fuertes para sacar a la gente de los caminos peligrosos.
Los niños escuchaban fascinados.
Emiliano fingía no asustarse. Lucía se tapaba con una cobija hasta la nariz. Mateo hacía preguntas sin detenerse.
Y Romina, demasiado pequeña todavía, dormía arrullada por las voces de todos.
Aquella familia parecía sencilla.
Pero feliz.
Una tarde de octubre, el cielo comenzó a cubrirse lentamente de nubes oscuras.
No era extraño.
La temporada de lluvias había sido especialmente fuerte aquel año. Los caminos estaban llenos de lodo y el río cercano había comenzado a crecer más de lo normal.
Aquella mañana, Juvencio había recibido un encargo importante.
Un hombre del pueblo vecino necesitaba urgentemente reparar una máquina para moler maíz antes de las fiestas patronales del fin de semana. La máquina llevaba días descompuesta y nadie más había logrado arreglarla.
—Si la dejas funcionando hoy mismo, te pagaré el doble —le había dicho el hombre.
El dinero hacía falta.
Muchísima falta.
El techo de la casa comenzaba a gotear cuando llovía y Elena quería comprar zapatos nuevos para Emiliano, porque los suyos ya estaban rotos de tanto correr.
Así que Juvencio aceptó.
Pasó toda la mañana trabajando sobre la vieja máquina mientras el cielo se volvía cada vez más gris.
Antes de irse, Elena le acomodó el cuello de la camisa.
—No regreses muy tarde —le dijo sonriendo.
Lucía le entregó una pequeña flor amarilla “para que no manejara de malas”.
Mateo insistió en mostrarle un pequeño pájaro herido que estaba intentando cuidar.
Y Emiliano le preguntó si algún día podrían ir juntos hasta la montaña más alta del bosque.
Juvencio respondió que sí a todo.
Como hacen los padres.
Antes de salir, se acercó a Romina, que dormía profundamente envuelta en una manta blanca.
Le besó la frente.
Y Elena sonrió mientras observaba la escena.
—Se parece mucho a ti cuando duerme —susurró.
Juvencio soltó una pequeña risa.
—Pobrecita entonces.
Elena le lanzó un trapo entre risas.
Y así fue como se marchó aquella tarde.
Sin prisa.
Sin miedo.
Pensando únicamente en volver pronto a casa.
El camino al pueblo vecino era largo y pesado por la lluvia. El viento comenzaba a soplar con fuerza y los árboles se movían violentamente a los lados del sendero.
Cuando finalmente llegó, trabajó durante horas bajo la luz amarillenta de una vieja lámpara.
Desarmó piezas. Limpió engranes. Reparó cadenas oxidadas.
Y poco antes de la medianoche, la máquina volvió a funcionar.
El hombre estaba tan agradecido que insistió en darle café caliente y pan recién horneado antes de regresar.
—Quédate hasta que pase la tormenta —le dijo.
Pero Juvencio negó con la cabeza.
—Mi familia me espera.
Afuera, la lluvia caía brutalmente.
El cielo rugía.
Y en algún lugar lejano del bosque se escuchó un sonido extraño.
Un sonido profundo.
Como si la montaña hubiera suspirado.
Juvencio aceleró el paso.
No sabía por qué, pero de pronto sintió una inquietud extraña dentro del pecho.
Mientras avanzaba por el camino embarrado, recordó algo.
Esa tarde, antes de irse, Elena le había pedido que al volver trajera velas nuevas para la casa.
Porque ella decía que las noches oscuras se sentían menos frías cuando había pequeñas luces encendidas.
Juvencio sonrió ligeramente al recordarlo.
Metió la mano dentro de su bolsillo y tocó la pequeña caja de velas que había comprado antes de regresar.
La lluvia empeoró.
Los relámpagos iluminaron violentamente el bosque.
Y entonces ocurrió.
Un estruendo gigantesco atravesó la noche.
No parecía un trueno.
Parecía el rugido de la tierra rompiéndose.
El suelo vibró bajo sus pies.
Los árboles comenzaron a sacudirse violentamente.
Y después…
Silencio.
Un silencio horrible.
Juvencio sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
Corrió.
Corrió desesperadamente bajo la tormenta.
El barro le hundía las botas. La lluvia apenas le dejaba ver.
Hasta que finalmente llegó al pueblo.
Y entonces lo vio.
La gente estaba reunida cerca de su casa.
Algunos sostenían lámparas. Otros gritaban. Otros lloraban.
Pero Juvencio no entendía nada.
Solo avanzó.
Lentamente.
Como si el cuerpo de pronto le pesara demasiado.
Y entonces lo vio.
La mitad del cerro detrás de su hogar había desaparecido.
Lodo. Piedras. Árboles enteros.
Todo había caído sobre las casas cercanas al bosque.
Su hogar estaba destruido.
La caja de velas resbaló lentamente de sus manos y cayó al barro.
Juvencio sintió que el mundo entero se quedaba vacío.
Escuchaba voces alrededor. Gente intentando detenerlo.
Pero él ya no oía nada.
Comenzó a escarbar desesperadamente con las manos.
Hasta romperse las uñas. Hasta sangrar.
Y después de un tiempo que pareció una eternidad…
Escuchó un llanto.
Débil.
Pequeño.
Romina.
La encontró protegida entre los brazos inmóviles de Elena.
Cubierta completamente por el cuerpo de su madre.
Como si incluso en el último instante hubiera intentado esconderla del mundo.
La lluvia siguió cayendo toda la noche.
Los encontraron cerca del amanecer.
Los tres juntos.
Y eso terminó de destruir a Juvencio.
Porque incluso al final habían permanecido unidos.
Emiliano tenía todavía uno de los brazos extendidos hacia sus hermanos. Lucía abrazaba con fuerza el pequeño moño azul que había usado aquella tarde. Y Mateo…
Mateo sostenía contra su pecho al pequeño pájaro herido que había estado cuidando.
Los funerales en los pueblos pequeños siempre son distintos.
No son silenciosos.
La gente llora abiertamente. Abraza. Reza. Lleva comida aunque nadie tenga hambre.
Durante días enteros, los vecinos llenaron la casa de Juvencio con café caliente, pan dulce y palabras que intentaban ayudar aunque nunca fueran suficientes.
Pero él apenas hablaba.
Pasaba las noches sentado junto a la cuna de Romina observándola dormir.
A veces parecía asustado de cerrar los ojos.
Como si temiera perder también lo único que le quedaba.
Los meses pasaron lentamente.
Y aunque el pueblo intentó ayudarlo a seguir adelante, había algo en Juvencio que ya no volvió jamás.
Seguía trabajando. Seguía reparando bicicletas. Seguía levantándose temprano.
Pero ahora parecía más silencioso.
Más viejo.
Como si aquella noche le hubiera robado años enteros de vida.
Romina creció escuchando fragmentos rotos de la historia.
Nunca completos.
Porque a Juvencio le dolía demasiado hablar de ello.
Solo conocía a su familia por fotografías guardadas en una vieja caja de madera.
Emiliano sonriendo junto a una bicicleta. Lucía sosteniendo flores amarillas. Mateo abrazando un cachorro.
Y Elena…
Siempre Elena.
Con aquella mirada cálida que parecía capaz de proteger cualquier tristeza.
Cuando Romina cumplió ocho años, seguían contándose historias extrañas en el pueblo.
Los ancianos hablaban de criaturas enormes vistas décadas atrás en las montañas. Los niños repetían aquellas historias durante el recreo como si fueran secretos prohibidos.
Mateo, uno de sus compañeros de escuela, juraba que su abuelo había visto una vez un caballo gigantesco cruzando el río durante la madrugada, tan grande que el agua apenas le llegaba a las rodillas.
Camila decía que en un cerro cercano aparecía una serpiente enorme hecha de humo cuando alguien mentía demasiado.
Y Tomás aseguraba que los bosques escondían animales antiguos que solo salían durante las tormentas.
Historias así siempre sobrevivían en los pueblos.
Crecían con el tiempo. Cambiaban. Se mezclaban con rumores.
Pero jamás desaparecían del todo.
Una tarde, después de la escuela, Romina escuchó un sonido suave proveniente de un árbol enorme junto al bosque.
“Pío… pío…”
Levantó la mirada.
Muy arriba, escondido entre las ramas, había un nido gigantesco.
Dentro se movían tres pequeños polluelos cubiertos de plumón dorado.
Abrían el pico constantemente mientras emitían pequeños sonidos débiles.
Romina permaneció observándolos en silencio.
Le parecieron extraños.
Hermosos.
Frágiles.
Y desde ese día comenzó a visitarlos.
Les llevaba semillas. Fruta. Pequeños trozos de pan.
Incluso empezó a ponerles nombres: Sol, Brisa y Chispa.
Los pequeños parecían tranquilizarse cada vez que ella se acercaba.
Entonces llegó aquella tormenta.
Oscura. Violenta. Terrible.
El viento rugía entre los árboles mientras Romina corría hacia el bosque preocupada por el enorme nido.
Y cuando llegó…
Uno de los pequeños polluelos había caído.
La pequeña criatura temblaba sobre el barro empapado.
Romina corrió inmediatamente y lo levantó entre sus brazos.
—Tranquilo… tranquilo…
Entonces el bosque entero guardó silencio.
Las ramas dejaron de moverse. Los insectos callaron.
Y un gigantesco aleteo atravesó la tormenta.
“SHHHHHRAAAAA…”
Romina levantó lentamente la mirada.
Y la vio descender desde el cielo oscuro.
La criatura parecía hecha de noche y luna.
Sus alas inmensas brillaban con reflejos plateados bajo los relámpagos.
Cada pluma parecía contener pequeñas luces escondidas.
Y cuando aterrizó frente a ella, el suelo vibró suavemente.
El ave era gigantesca.
Majestuosa.
Pero sus ojos…
Aquellos ojos dorados…
Romina sintió que el pecho le dolía al mirarlos.
Había algo en ellos.
Algo conocido.
Algo profundamente humano.
El ave se acercó lentamente.
Y después abrió sus enormes alas alrededor de Romina y el pequeño polluelo.
La lluvia desapareció bajo aquella protección inmensa.
Todo quedó cubierto por una luz tenue y plateada.
Romina levantó la mirada lentamente.
Y entonces vio las estrellas.
No en el cielo.
Dentro de las alas.
Pequeños destellos vivos atrapados entre las plumas oscuras.
Parecían recuerdos brillando en mitad de la oscuridad.
El ave bajó lentamente la cabeza hasta quedar frente a Romina.
Y en aquellos ojos dorados comenzaron a aparecer imágenes.
Primero vio una casa iluminada por velas.
Escuchó risas.
Sintió olor a pan caliente.
Después vio a tres niños corriendo alrededor de una mesa.
Emiliano riendo mientras levantaba una bicicleta improvisada. Lucía colocando flores detrás de las orejas de Elena. Mateo abrazando un pequeño pájaro herido.
Romina comenzó a llorar.
Porque aunque nunca convivió con ellos…
Los reconoció inmediatamente.
Y entonces apareció Elena.
Sosteniendo a Romina bebé entre sus brazos.
Cantándole suavemente mientras afuera caía la lluvia.
El ave seguía observándola.
Y finalmente Romina entendió.
Aquella tristeza… aquella protección… aquellos ojos llenos de amor…
Era ella.
Su madre.
Y los tres pequeños polluelos…
Sus hermanos.
Romina sintió que algo dentro de su alma se abría lentamente.
Como una puerta cerrada durante años.
Entonces escuchó una voz.
No con los oídos.
Dentro del corazón.
“Jamás te dejamos sola.”
Las lágrimas comenzaron a caerle sin control.
Porque por primera vez en toda su vida… se sentía nuevamente rodeada por su familia completa.
El ave acercó lentamente su rostro al de Romina.
Y la niña cerró los ojos.
Por un instante pudo sentir el calor de una madre abrazando a sus hijos antes de dormir.
Seguro. Eterno. Inquebrantable.
Después el viento volvió a rugir.
El ave abrió lentamente sus alas.
Los tres pequeños polluelos se acomodaron junto a ella.
Y antes de elevarse hacia el cielo oscuro, aquella criatura miró a Romina una última vez.
Sus ojos dorados ya no estaban llenos de tristeza.
Ahora transmitían paz.
Y entonces desaparecieron entre las nubes.
Desde aquella noche, Romina jamás volvió a temerle a la oscuridad, porque ella al fin comprendió algo que muy pocas personas entienden realmente, hay amores tan profundos…
Que ni siquiera la muerte puede arrancarlos del mundo.

miércoles, 22 de abril de 2026

Sin nombre

No tengo nombre.
O bueno… nadie me lo dio nunca.
Soy de la calle. De esos que aprenden desde pequeños que la comida no se comparte, que el frío no se quita y que la mano del humano… casi siempre viene acompañada de dolor.
De cachorro entendí rápido cómo funciona el mundo. Unos niños me levantaron una vez, pensé que era juego… hasta que me soltaron en medio de la calle. Aprendí a correr. A esconderme. A no confiar.
Crecí entre golpes, piedras, gritos… y silencios largos donde el hambre duele más que cualquier herida.
Mis días eran iguales. Caminar. Buscar algo que comer. Evitar problemas. Y al final, sentarme en una banqueta a ver pasar el tiempo, como si no fuera mío.
Hasta que apareció él.
Era igual que yo. Flaco, sucio, con una cicatriz vieja en el ojo. No se acercó de golpe. Solo se sentó a unos metros, como respetando ese espacio que los de la calle aprendemos a cuidar.
Pasaron días así.
Un pedazo de comida cayó cerca de mí una tarde. Dudé. Lo miré. Él no se movió. Me acerqué, lo tomé… y dejé la mitad.
No sé por qué.
Tal vez porque por primera vez, no quería comer solo.
Desde ese día ya no caminaba solo.
Dormíamos cerca. Nos cuidábamos sin decir nada. Si uno encontraba comida, el otro esperaba. Si venía peligro, corríamos juntos.
No era felicidad… pero se parecía.
Y eso, para alguien como yo, era demasiado.
Un día empezó a llover fuerte.
Buscamos refugio bajo un coche viejo. El agua caía con fuerza, el frío calaba. Yo temblaba. Él se acercó un poco más, lo suficiente para que el calor se compartiera.
Esa noche no tuve miedo.
Pensé que tal vez… así se sentía tener algo.
Pero la calle no perdona que te encariñes.
A la mañana siguiente, el cielo seguía gris. Salimos a buscar comida. Caminábamos despacio, como siempre.
Hasta que escuchamos un ruido.
Fuerte. Seco.
No fue un coche. No fue un grito.
Fue una explosión.
Alguien, jugando, dejó un petardo encendido dentro de una bolsa de basura.
Él se acercó primero, buscando comida.
No tuvo tiempo.
El sonido lo rompió todo. El aire, el silencio… y a él.
Yo me quedé inmóvil. No entendía. No podía.
Cuando me acerqué… ya no respiraba.
No había sangre como en los atropellos. No hubo despedida. Solo un vacío inmediato… como si alguien hubiera apagado algo que apenas estaba empezando.
Me senté a su lado.
Horas.
Tal vez más.
La lluvia volvió a caer, pero no me moví.
Por primera vez en toda mi vida… el hambre no importaba.
Los días siguientes volví a caminar solo.
Todo era igual… pero más pesado.
El mismo frío. Las mismas calles. La misma gente que no ve.
Pero algo había cambiado.
Ya no compartía comida… pero dejaba un pedazo en el suelo.
Ya no dormía tranquilo… pero buscaba el mismo lugar bajo el coche.
Y cada tarde, me sentaba a ver pasar el tiempo… esperando, aunque sabía que no iba a volver.
Fue entonces cuando entendí algo.
Los de la calle aprendemos a sobrevivir solos.
Pero cuando alguien camina a tu lado, aunque sea por poco tiempo… deja algo que el hambre, el frío y los golpes no pueden quitar.
Porque la amistad no es cuánto dura.
Es cómo, incluso después de que se va… te enseña a no volver a estar completamente solo.

sábado, 14 de marzo de 2026

ufff

Me duele no poder correr como antes. Me pesa pensar que quizá algún día tenga que volver a una cama de hospital. Me entristece escuchar que las prótesis que suelen manejarse no siempre son de la mejor calidad.
Y aunque intento mantener una actitud positiva, hay momentos en los que el pensamiento de volver a estar inmóvil, dependiendo del tiempo y de la recuperación, me desgarra el alma.
Aun así sigo aquí. Aprendiendo a caminar distinto, a vivir distinto, y a entender que la fortaleza no siempre está en no caerse… sino en levantarse cada día con la voluntad de seguir adelante, incluso cuando el futuro da miedo.

martes, 3 de febrero de 2026

Sigo aquí

¿Crees que deseo borrarte de mi eternidad?
¿Imaginas que un alma puede desmentir su propia llama?
Lo que fuimos no es recuerdo: es aliento. Aunque te retires paso a paso, como el sol al caer,
sigues morando en mí:
en mi sangre que sueña,
en mis ojos que aún ven con tu luz, en cada forma que adopta mi ser. Porque lo que ha sido tocado por la vida no conoce el olvido, solo la transformación.
Hablo en pasado porque tú lo decretaste, no porque la verdad haya muerto. Fuiste tú quien cerró el libro mientras las palabras aún ardían. Dijiste “ya no” y el universo no respondió.
Yo seguí aquí, no como promesa, sino como herida que piensa, como fe que sangra pero no huye. Te alejaste llamándolo libertad, y aun así dejaste tu nombre
escrito en mi respiración.
Porque hay amores que no obedecen decisiones, que no entienden despedidas, que permanecen no por voluntad, sino por destino.

lunes, 2 de febrero de 2026

Colapso

Cada vez que tu voz preguntaba por mi amor, un ángel herido cruzaba mi pecho,
pues en tu duda ardia un fuego
que también consumia tu propio corazón.
Un día te dije: ven, dime qué sombra te visita en la noche,
qué pensamiento nubla tu mirada, dices que hablas y mi espíritu viaja lejos, que me besas y mis labios parecen de invierno, como si dos almas errantes se miraran desde mundos distintos, pero cuando creias que no te escuchaba, es porque estaba imaginando lo que estaba por venir: te imagine vestida de eternidad,
de pie conmigo ante el tiempo, mi corazón enamorado y estúpido quizá, en un acto de júbilo sagrado jurando amor más allá de la muerte, y siempre supe que no existia otro corazón en la creación
capaz de contener el amor que te entregué; ni mil pechos ardientes podrían igualar este fuego, si piensas que nuestro lazo se desvaneció por ti está bien pero siempre me preguntó entonces qué hago
si cada pensamiento mío pronuncia tu nombre, si cada latido se encaminaba hacia ti.
Ahora quizá ya tienes ese otro corazón que puede ofrecerte más de las tristezas que te di;
he vaciado mi ser como un cáliz, quizás solo palabras como siempre me lo decías, y todo lo que fui en tu vida fue tuyo. Siento que la duda persiste como una herida abierta, ¿cómo sanar, Cuando sientes que ya nos entregamos hasta la última luz?
No, amada mía,
ni teniendo un nuevo corazón.....

sábado, 31 de enero de 2026

Tu me dices adiós, yo, te amo

Siempre eres tu amor, a la aurora primera,
antes de que el mundo aprendiera a medir el tiempo, ahi entenderás mis palabras.
Cuando dijiste “para siempre”,
yo no lo vestí de comillas ni de duda: lo dije como se dicen las verdades eternas, con la voz desnuda del espíritu.
Jamás dejaré de amarte,
pues lo eterno no sabe partir.
No estás solo en mi pecho,
habitas más hondo: en la región secreta donde el alma recuerda su origen. Eres llama y aliento, pensamiento que no duerme, nombre grabado en mi ser.
Estás aquí en la mañana que despierta, en la tarde que suspira, en la noche que reza en silencio, en cada sueño me nombras, y en cada vigilia te reconozco. Eres tú, mi vida,
mi todo dicho sin palabras,
mi eternidad hecha presencia.
No hay rincón de mí donde no estés,
porque amarte
es la forma más pura que conozco de existir.

viernes, 30 de enero de 2026

1 mes más o un mes menos ?

Percibo el tiempo como algo físico, palpable, pero el ojo jamás ha percibido como se ve al observar, mi corazón quema, en su latido secreto, como una llama escondida en el centro del pecho, siempre ama sin ruido, sin promesa, sin señal visible, aunque piense el mundo que el que lo porta no lo sienta y aquella mujer amada no perciba sus susurros.
Se dice que el amor, como las estrellas lejanas, brilla obedeciendo a una ley divina,
no para ser visto, sino porque ha sido creado para arder, leí aquella sentencia que hablaba de huir, de pulir el yo como si fuera un ídolo nuevo,
de soltar lo que arde todavía.
Y entendi entonces ese despiertar de los reproches,
los reclamos que no dijeron su nombre en voz alta. No es que el amor haya muerto, ni que el dolor haya sido vencido; es que el alma, herida de tanta luz,
tiembla al verse reflejada en palabras que no fueron escritas
pero la atraviesan como profecía.
Cada noche convoco tu forma en mi mente: tu cuerpo y palabras de amor hechas de recuerdo, tu voz como una oracion lejana, tu aliento tibio aún entre mis visiones.
Y ayer, cuando tu silueta se alzó entre las sombras, vi en ella el cansancio de permanecer en un sitio que no era refugio sino vigilia. No pude llamar tu nombre. Mis pies siguieron su marcha obediente, mientras tu voz, como un eco condenado a la distancia, me alcanzaba sin tocarme, entonces las lágrimas, como viles mensajeras mudas, trazaron su camino por mi rostro, y entendí que hay amores que no abrazan, sino que caminan a nuestro lado como ángeles invisibles, como enfermeras que amamos en silencio y se alejan para perderse en la noche.
Puedo jurare por la llama que sostiene mi aliento que no he probado gozo alguno que no lleve tu nombre en secreto.
Aunque te alejaste y escribiste el decreto de tu partida, mi amor no obedeció a esa orden, no soy farsante ni sombra doble: no he mentido, no he engañado, no he vendido mi verdad por consuelo, tampoco sé decir que odio amarte.
¿Cómo odiar lo que me dio forma? Odio, quizá, la mañana que me obliga a pasar frente a tu casa como quien cruza un santuario cerrado, siempre recuerdo tus llegadas y tus ausencias, las imágenes quietas que guardan tus ojos, DTB.

martes, 30 de diciembre de 2025

Tú, Silencio.

Amo en el territorio invisible donde el deseo arde sin nombre, y te amo incluso ahora que tu voz se vuelve bruma y tus palabras son aves que no regresan; el “te amo” ya no desciende de tus labios y comprendo, con una lucidez que duele, que si yo no te nombro el silencio se alza como única respuesta. Te observo alejarte mientras señalas mis acciones como causa, como si el amor pudiera medirse en faltas, y aun así permanezco fiel a esta llama que no pide absolución ni consuelo, porque existen afectos que no suplican reciprocidad: arden porque han sido encendidos. Y así entiendo, en este instante eterno, que hay amores que no mueren por la herida ni por el reproche, sino que continúan vivos en quien ama, como un ángel que vigila la sombra, consciente de que el otro se va sin ruido mientras el sentimiento, intacto y terrible, sigue respirando, aquí sigo, esperando tu voz. 

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Accidente

Sé que puedo. Aunque el dolor a veces me doble y me obligue a respirar hondo para no caer, también me muestra secretos que antes no veía. El dolor no es mi amigo: es mi némesis, la sombra que intenta oscurecer mi espíritu, pero también el contraste que me recuerda de qué material estoy hecho. Lucho contra él con la furia tranquila de quien sabe que cada día es una oportunidad para renacer un poco más.

He aprendido que la esperanza no siempre llega luminosa; a veces es apenas una brasa en medio de la noche, pero basta con una chispa para encender un mundo entero. Mi camino, aunque hoy se vea oscuro, nublado y lleno de obstáculos, también está sembrado de posibilidades. Cada tropiezo es un susurro del destino que me dice que aún tengo algo que conquistar. Y aunque mis pasos duelan, mi voluntad no tiembla.

Ese maldito accidente no será el final de mi historia. No me va a vencer. No voy a permitir que su sombra defina quién soy. Al contrario: será el origen de mi fuerza, la marca en mi piel que algún día miraré con gratitud porque me obligó a despertar. Blake decía que “lo que hoy se prueba, mañana será tu fuerza”, y en esas palabras encuentro un hogar. No fui derrotado: fui reescrito.

Volveré a caminar. Volveré a correr. Volveré a bailar no solo con mis pies, sino con el alma completa, como quien ha vuelto de la tormenta con un corazón más claro y una voluntad más pura. Cada paso que dé será un acto de rebelión contra el destino que intentó quebrarme y no lo logró.

Regresaré más fuerte, no por ausencia de heridas, sino porque aprendí a honrarlas. Y seguiré adelante, porque he entendido que incluso la noche más cerrada no puede apagar la luz interior de quien se niega a rendirse. La vida me dio una segunda oportunidad, y juro que no la caminaré a medias.

Hoy soy prueba de que incluso desde las cenizas se puede levantar un espíritu que no renuncia. Y mañana, cuando mire atrás, sabré que este dolor no fue un castigo, sino el fuego donde se templó mi nueva versión.

viernes, 10 de octubre de 2025

Las últimas palabras que no pude decirle a mi madre.

Dicen que el alma sabe cuándo es el final, aunque el cuerpo se aferre al aire como si fuera promesa.
Yo no estaba allí cuando el tiempo decidió cerrarle los ojos a mi madre.
No escuché el suspiro que se escapó entre sus labios dormidos, ni la tibieza que se desvaneció de sus manos.
Pero a veces, en el silencio que sigue a los días más largos, la escucho…
como si el mundo entero contuviera la respiración para dejarme hablarle una última vez.

“Madre…” —le diría—
“No sé si me escuchas desde donde estás,
si el eco de mis culpas te alcanza,
si mis ausencias pesaron más que mis abrazos.
Pero quiero que sepas que todo lo bueno en mí nació de tus ojos,
de esa manera en que mirabas el mundo como si incluso el dolor tuviera una razón sagrada.”

Quisiera decirle que nunca dejé de pensar en ella,
que el amor no se disuelve con la distancia ni con los años,
que hay algo de su voz en cada palabra que pronuncio,
algo de su ternura en la forma en que miro a mi hija,
algo de su fuerza en la manera en que sigo respirando.

“Perdóname por no haber estado, mamá.
Por no sostener tu mano cuando el mundo se te iba apagando.
Pero juro que te hablé, aun sin verte,
y que te sigo hablando ahora,
porque hay conversaciones que no necesitan cuerpos,
solo amor… y la eternidad.”

Y entonces la imagino sonriendo,
como cuando yo era niño y me caía,
y su mirada me levantaba antes que sus manos.

Tal vez ese fue su último gesto,
un perdón silencioso,
una caricia invisible.
Y desde entonces, cada vez que miro al cielo,
siento que aún me escucha,
como si la muerte fuera solo un idioma nuevo
en el que seguimos diciéndonos “te amo”.

lunes, 21 de julio de 2025

Sabes Ara

El tiempo no es un río. Es una garra.
No fluye: arrastra. Desgasta. Muerde.
No da tregua ni avisa. Te levantas con veinte años y parpadeas, y ya no sabes quién demonios eres.
Te ves al espejo y la cara sigue siendo tuya, pero hay algo que ya no responde. Algo se perdió entre lunes y lunes.

La vida, esa broma lenta, te enseña a respirar y luego te enseña a aguantar la respiración mientras todo se hunde.
No hay paz. Sólo pausas.
No hay alivio. Sólo rutinas.
Te enseñan a sonreír por fuera mientras por dentro se desmorona algo que ni siquiera sabes nombrar.

El tiempo te deja viendo cadáveres vivos.
Amigos que ya no son, padres que envejecen sin pedir permiso, amores que se borran como tinta barata.
Y tú ahí, sin saber si estás viviendo o solo repitiendo los pasos de alguien que ya murió por dentro.

Lo peor no es la muerte. Es la espera.
El saber que todo lo que amas va a desaparecer, lentamente, sin dramatismo, como si fuera normal.
Y aún así sigues.
Como si tuviera sentido.
Como si doler fuera parte del trato.

El tiempo es el asesino más elegante, ese que no usa cuchillos ni sangre. Te mata despacio, con rutinas, con cumpleaños vacíos, con la misma calle todos los días.
No hay explosión. Hay desgaste.
Un goteo interminable que va pudriendo lo que eras.

Te roba sin que lo notes: la risa, la energía, las ganas.
Y un día despiertas y no reconoces tu voz.
Ya no sueñas, sobrevives.
Ya no esperas, soportas.
La vida se volvió una fila interminable hacia nada.

Y lo peor: nadie lo dice.
Todos fingen que está bien. Que crecer es bonito, que madurar es ganar claridad.
Mentira.
Madurar es ver cómo mueren partes de ti y tener que aplaudirlo.
Es enterrar versiones tuyas sin velorio.
Es aprender a sonreír con el rostro roto.

El tiempo no te enseña nada útil.
Te vuelve más frío, más desconfiado, más cínico.
Aprendes a amar con miedo, a dormir con ansiedad, a mirar el futuro como quien ve un pozo.

¿Y para qué?
Para envejecer rodeado de fotos que ya no significan nada.
Para aferrarte a recuerdos que duelen más que consuelan.
Para decir que “viviste” cuando en realidad te arrastraste.

El tiempo es una burla disfrazada de lección.
Y la vida, una celda con la puerta abierta… pero sin salida.

Una conclusión tan áspera como el resto, sin redención ni consuelo barato jummm solo el eco de alguien que mira el abismo y decide nombrarlo:

Quizá lo más honesto que uno puede hacer es dejar de fingir que todo tiene sentido.
Aceptar que hay días donde el alma no responde, donde la vida pesa más que el cuerpo, y que no siempre hay salida.
Que a veces no se trata de ser fuerte, sino de no romperte del todo.
Que seguir adelante no es valentía, es inercia.

Al final, todos vamos cayendo en silencio.
Nadie avisa el momento exacto en que algo dentro se apaga.
Solo lo sabes cuando ya es tarde. Cuando lo que amabas ya no importa. Cuando ya no esperas nada, pero sigues respirando igual.

Y entonces entiendes:
no era miedo, no era tristeza. Era el tiempo, masticando lentamente todo lo que te hacía humano.
Y tú, aceptándolo. Porque eso es lo que se espera.

El resto… es solo ruido.
El resto… es aguantar.
Hasta que ya no importe.

Hasta que incluso el dolor se canse de ti.

viernes, 18 de julio de 2025

Mucho de esto y aquello

Reíste, lloraste, hablaste de todo y de nada... pero te fuiste. Y yo, que te ofrecí mi tormenta envuelta en un silencio dulce, quedé como un faro encendido en la niebla de tu partida, no puedes decir que solo fue por mi bien, porque el amor verdadero no teme ensuciarse los pies en el lodo de lo cotidiano, amar no es huir, ni poner excusas con cara de sacrificio, a veces se trata de quedarse, incluso cuando arde, al final, quien abandona lleva el consuelo del movimiento, pero quien se queda, se pudre en su propia quietud, y esa....... es la forma más cruel de abandono.
Es cierto, falle en cuidar tu corazón, fue un acto que no grité, pero que habité en silencio. Sé que las palabras no valen si no caminan junto a los actos, pero también sé que el recuerdo es caprichoso: olvida lo que se dijo con el alma y guarda solo lo que se hizo con torpeza, siempre se trata del ‘tú hiciste, tú dijiste’, como si amar fuera un juicio donde solo uno carga las culpas y el otro limpia su alma con silencios selectivos. Ambos dijimos cosas, también prometí sin teatro, también me fui rompiendo mientras protegía lo que me decías que debia cuidar por completo mientras te alejabas, ¿Y sabes? No todo abandono es físico, hay quienes nos quedamos, pero nos ausentamos en la mirada, y hay quienes se van, pero lo hacen con el alma abierta y el corazón sangrando, somos así, no me disculpo por haber sentido de verdad, aunque me haya dolido más de lo que pude mostrar, porque no fui perfecto, pero tampoco fui indiferente a pesar de que tú lo veas así, y eso, al final del día, me sigue salvando del olvido y de tu hastío. Al final mereces ser feliz, creo que somos dos almas que intentaron amarse desde las heridas del alma y el fuego del el corazón, no te culpo, pero tampoco me culpo más, llegué a hacerlo pero se que lo dimos hasta donde supimos, hasta donde pudimos  y quizá hasta donde nos dejaron nuestros propios miedos, no me quedo con rencor, jamás ha Sido lo mío, tampoco te dejo excusas, te dejo paz, ysi alguna vez tu recuerdo me visita, que lo haga con la delicadeza de lo que pudo ser, no con la amargura de lo que no fue.
Esas palabras: no somos nada y jamás lo seremos nuevamente; aunque, por un segundo, sonó como una dulce venganza disfrazada de redención, como esas palabras que uno guarda por tanto tiempo que terminan doliendo más al soltarse que al callarse, sabes, te fuiste tantas veces que aprendí a ocultar mi dolor en tus ausencias, a convertirme en un susurro que ya no sabías escuchar, a dolerme en silencio mientras tú decidías cuándo quedarte y cuándo partir.

Y aquí estoy… tratando de juntar las piezas de mi corazón que no rompiste de golpe, sino lento, con ternura, con dudas, con promesas que murieron tibias.

Tal vez no era venganza. Pero, juro por Dios, dolió como si lo fuera.

No soy tu nada, ni tú la mía. Tal vez fuimos pausa, tal vez espejo, tal vez caos necesario, pero al final, aunque tus palabras me duelen, también fui testigo de la parte de ti que aún sabía sentir, y eso, aunque duela, lo agradezco.
Por último en este largo texto nuevamente te digo que decirte “te amo con agradecimiento” no fue reducirte a un favor concedido ni a un consuelo en mi miseria, fue elevarte, fue reconocer que tu presencia en mi vida no llegó como una caricia ligera, sino como un huracán que devastó y transformó todo lo que yo era, mi agradecimiento no es tibio, no es cortesía, es fuego y ahora es ceniza. Es la forma que tiene mi alma de rendirse ante algo que le enseñó a sentir más allá del entendimiento.
Te agradezco como se agradece al dolor que despierta, a la herida que enseña, a la pasión que quema hasta dejar solo huesos, te agradezco como se agradece a la noche por sus estrellas, al abismo por su verdad, al relámpago por mostrar lo que el día oculta, dentro de ese agradecimiento habita el amor más grande que he conocido, habita la ternura con la que te miré dormir por unos minutos sin que lo supieras, habita el silencio en el que pronuncié tu nombre cuando no estabas, habita cada vez que quise odiarte y no pude.
Cada vez que me fui y me quedé, cada vez que me doliste y aún así elegí seguir sintiendo.

No, no es gratitud por lo que hiciste, es por lo que fuiste. Por lo que fuiste en mí, así que no confundas: cuando dije “te amo con agradecimiento”, lo que realmente dije fue:

te amo con todo lo que me hiciste ser, incluso con lo que se rompió para que pudiera encontrarte.





lunes, 9 de junio de 2025

Jumm

Decir que me diste la libertad es, sin quererlo, aceptar que estuve preso, como si hubiese sido retenido o atado a tu voluntad… y tú sabes que no fue así. Yo estuve porque quise, sin cadenas ni muros, solo con el deseo de estar. Hoy, al escucharte decir 'te amé', comprendo que ya hablas en pasado, como quien cierra un libro sabiendo que no volverá a abrirlo, aunque aún recuerde de memoria algunas páginas.
Y está bien… cre... no todo lo que termina es un fracaso. Tu me dijiste que a veces, el amor también se demuestra sabiendo soltar, y tú lo hiciste cuando me pedías que noo hiciera pero muchas veces me dijiste que lo hiciera aunque siempre digo que vivimos todo esto sin rencor, sin culpas. Lo nuestro es lo que pudo ser con lo que teníamos, ni más ni menos. Ahora hablas de caminar tu propio camino, ojalá sea con paso firme, no dudo que así sea, y que sea sin peso en el alma. Porque aunque ya no hables de amor en presente, hay un silencio que guarda lo vivido con respeto. Y eso también es una forma de amar… en paz.
No te guardo reproches, porque cada quien ama como puede, no siempre como el otro necesita. Quizá por eso nos perdimos: tú creías que yo buscaba libertad, y yo solo anhelaba comprensión. No era una jaula lo que me alejaba, sino la sensación de estar lastimandote y no escuchar tus gritos, aún así eso nunca significó que no te amase.

siempre habrá mucho que decir cómo decirte amor gracias por las risas, por los silencios que también nos enseñaron, siempre me dijiste que te vaya bonito… de verdad, que encuentres quien te entienda como tú mereces, y que la vida nos regale recuerdos sin dolor cuando pensemos en lo que somos. 

domingo, 8 de junio de 2025

Modus

Hola extraña… llegaste justo a tiempo, te he buscado entre sombras, en las esquinas del día, en la fila del starbucks, en el rostro de alguien que pasa…no llegamos tarde, solo..... justo a tiempo, mira, aquellas fotos nuestras: empezaste a borrarlas de tu teléfono, ahí, ya no están, solo tus viejas cartas entre papeles viejos en el cajón de mi óptica.
Las risas se han perdido, como llaves olvidadas, los días ya no tienen nombres ni pretextos, de que hubo heridas pequeñas, palabras a solas, lágrimas frías y silencios largos.
Cosas que no puedo decir sin que se me noten los temblores,
pero nada que no podría contarte cuando vuelves.

Hola, de nuevo… te guardé en un lugar, quizá sepas donde es,  ya no me parece extraño imaginarte otra vez frente a mí.
Después de todo, el amor así como tú nunca ha sido extraño,
A veces te escribo sin papel ni tinta, en pensamientos que se desvanecen antes de llegar a tus manos.
Te hablo en voz baja mientras realizó un examen, como si tu risa aún rebotara por las paredes de aquel lugar.
Sigo dejando encendida la luz que tanto te gustaba, aunque sé que te fuiste...
No sabes cuántas veces me he topado con tu perfume en cuerpos ajenos y pasados vacíos, no pienses mal, me refiero a gente caminando en la calle.
No sabes cuánto me pesa que todo lo que somos se haya quedado como una canción que nadie canta, pero que no dejo de tararear.

¿Recuerdas cuando el mundo era un poco menos duro
y tus dedos cabían entre los míos como promesa?
¿Recuerdas las caminatas sin destino, el silencio cómodo, las pequeñas guerras que perdonábamos con besos?
Yo sí. Las repaso como quien mira viejas películas
sabiendo de memoria cada línea, cada final.

Y sin embargo, no te culpo.
A veces el amor no muere, pero como me dijiste: se cansa.
Y a veces el orgullo habla más fuerte que el corazón, quizá por eso somos dos exiliados del mismo lugar.
Pero si un día tus pasos dudan,
si tu alma tropieza con las mías en el aire…
que sepas esto:
Aquí sigo.
Sin reloj.
Sin preguntas.
Sin reproches.

Solo el lugar que te guardé.
Y el amor que no supo desvanecerse.
 

martes, 20 de mayo de 2025

Liturgia para un Dios menor.

Crónica de una enfermera que nunca fue solo humana

 "No toda curación se da en la carne.
Algunas heridas solo responden al lenguaje del alma."




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Capítulo I: Manifiesto del Cuervo Roto

Sé que soy un maldito loco,
a veces un tanto solitario y muy depresivo.
Eso me hace que no necesite complacer a nadie
y que no me importe ser comprendido.

Porque en el jardín de mi mente brotan bestias con alas de vidrio,
y en sus ojos arde un fuego que ninguna lógica puede apagar.
Camino entre ruinas interiores,
con el corazón hecho de puertas que se abren solas.

Soy el que no busca la cura,
sino la herida que canta.

Profanador de tumbas.


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Capítulo II: El Velo Blanco

En una sala sin ventanas,
una enfermera de ojos pálidos camina descalza.
No se escucha su paso,
pero la fiebre tiembla cuando ella se acerca.

A su paso, los instrumentos enmudecen,
las moscas se detienen en el aire,
y hasta los fantasmas hacen silencio.

No hay expediente que la nombre,
ni reloj que registre su entrada.
Solo hay miradas que se sienten vistas,
y dolores que, al verla, recuerdan
que alguna vez fueron humanos.


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Capítulo III: Monserrat, la Vela Silente

Monserrat no nació.
Fue encontrada en el ala abandonada de un hospital demolido,
acurrucada entre restos de expedientes y polvo de huesos.

Vestía una bata blanca,
pero no tenía número, ni fecha, ni historia.
Solo traía consigo una venda gris al cuello
y la mirada de alguien que ya había visto el final del mundo.

Desde entonces, camina entre quirófanos como si flotara,
coloca las manos sobre fiebre y pérdida,
y susurra palabras que nadie entiende,
pero que el dolor reconoce.

Dicen que no duerme.
Que a veces la ven en dos lugares al mismo tiempo.
Y que cuando un paciente parte,
ella siempre está ahí,
cuidando el último aliento como si fuera una ofrenda.


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Capítulo IV: El Paciente del Cuarto sin Número

Hay un cuarto en el hospital que no figura en planos ni rondines.
Se encuentra entre el quirófano y la morgue,
aunque nadie ha logrado entrar dos veces por la misma puerta.

Se llama "El Cuarto sin Número".
Y en él, hay un paciente que nunca despierta,
pero que sangra en sueños.

Monserrat entra sin pedir permiso.
Coloca una lámpara de aceite sobre su pecho.
Y recita nombres olvidados.
No los suyos.
Sino los que nadie más se atrevió a recordar.

Ese paciente, dicen, alguna vez fue un dios.
O un error de la creación.
Y solo ella puede entender el ritmo de su agonía.
No para curarlo,
sino para que su dolor no se repita en otros cuerpos.


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Capítulo V: El Nombre Verdadero de Monserrat

Monserrat no nació entre hombres.
Antes del tiempo, cuando el universo apenas era un murmullo tibio,
hubo una guerra en el Reino de las Cicatrices.

No una guerra por poder, sino por compasión:
un cisma entre los que querían cerrar las heridas del mundo
y los que creían que debían sangrar para siempre.

Entre ellos estaba Shemra’el,
el ángel sin alas,
el único que no lloraba con lágrimas,
sino con fragmentos de recuerdos ajenos.

Fue ella.
Antes de ser Monserrat, fue la Custodia del Umbral,
la que velaba por las almas demasiado rotas para ascender,
y demasiado humanas para caer.

Por amar a una criatura mortal, fue arrojada.
No como castigo, sino como misión:
encarnar en un cuerpo frágil,
caminar entre salas de hospital,
y recordar, lentamente, quién era.

El día en que fue hallada,
una anciana ciega de nacimiento la tocó
y dijo:
—Ella no llora. Ella recoge los llantos.

Desde entonces, Monserrat ha ido recuperando fragmentos de su luz
en cada paciente que toca,
en cada muerte que acompaña,
en cada silencio que traduce.


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Capítulo VI: El Primer Herido

Monserrat recibió el llamado en el susurro de una fiebre.
Una niña deliraba,
y entre espasmos murmuró un nombre imposible:
el eco del Primer Herido.

Se dice que antes del lenguaje,
hubo una chispa que decidió sentirse sola.
Y en esa soledad nació la conciencia…
y con ella, la primera herida del universo.

Ese ser duerme bajo capas de tiempo y hueso,
y mientras su herida siga abierta,
el mundo seguirá sangrando.

Monserrat descendió,
cruzó corredores hechos de trauma congelado,
donde los relojes lloraban
y los espejos gritaban su nombre antiguo:
Shemra’el.

Y allí lo encontró:
un corazón gigante,
enterrado en un campo de esqueletos que nunca vivieron,
latiendo con siglos de sufrimiento humano.

Ella colocó sobre su herida la venda gris.
No para sanar, sino para ver.
Y dijo:

—Te veo.

En ese instante, el dolor dejó de necesitarse.
El corazón dejó de latir, no por muerte,
sino porque por fin encontró reposo.


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Epílogo: Donde la luz no tiene sombra

Nadie recuerda a Monserrat.
O quizás la ven todos los días:
en la sala de urgencias,
en la mirada firme de una enfermera silenciosa,
en la voz que calma sin explicación.

Porque donde una herida deja de gritar,
allí está ella.
No con bisturí,
sino con alma.

> "Aún estás aquí.
Y eso también es sagrado."